
Fue José Bergamín el encargado de enseñarnos que la palabra es, al menos, tan importante como el ojo que ve la faena. Comprender a fondo el toreo implica hablar de ello con la máxima
corrección y claridad posibles para así poder expresar la complejidad de lo visto en el ruedo. En consecuencia, la crítica taurina debería distinguirse tanto por el lenguaje que emplea como por el modo de usarlo.
Los tópicos son frases o expresiones que rellenan nuestras conversaciones sobre toros, pero que, en la mayoría de los casos, esconden efectos perversos. Ha llegado la hora de poner en cuarentena la mayoría de estos enunciados que se usan casi de manera automática, sin valorar lo que realmente se está diciendo. Comodines verbales, frases hechas, expresiones reiteradas y comunes que nos sirven fundamentalmente para dos cosas: para ahorrarnos el pensar por cuenta propia y para acomodarnos al grupo (al «se dice» o «se comenta»). Es necesario señalar su falta de fundamento y alertar sobre el daño que provocan en nuestras conductas a la hora de juzgar la labor de un torero frente a un toro. Por definición, todo tópico es un abuso en la medida de que el que los usa no se da cuenta de cuáles son las consecuencias, no tiene fundamento o tiene un fundamento malintencionado.
A la crítica taurina hay que exigirle que emplee un nuevo esquema de pensamiento y de forma expositiva. El registro en la utilización del lenguaje castizo (lleno de tópicos y lugares comunes) y la jerga específica de la afición taurina (igualmente plagada de tópicos) debería tener su espacio, sin duda, pero siempre a condición de contraponerse o complementarse con otros elementos que suelen tenerse por contradictorios o excluyentes de lo castizo. La mirada de una nueva crítica taurina debería articularse, por tanto, desde la comprensión y la contradicción; si se aceptan las tradiciones españolas es porque no se renuncia (ni falta que hace) a lo más cosmopolita.