
Duplicado fue un toro marcado con el número 145, cárdeno salpicado, de la ganadería de Victoriano del Río. Había nacido en marzo del 2017 y tenía cinco años cumplidos cuando fue muerto a estoque. En un principio estaba destinado para que su matador fuera Emilio de Justo en su encerrona con seis toros de distintas ganaderías el pasado 10 de abril en la plaza de Madrid. Sin embargo, como consecuencia de un grave percance sufrido por el torero al entrar a matar al primer toro de la tarde, Duplicado le tocó en suerte (o en desgracia, según se mire) al sobresaliente: Álvaro de la Calle.
Una vez que se anunció por la megafonía de la plaza que Emilio de Justo no podría continuar la lidia, todas las miradas de los allí congregados se volvieron hacia alguien que, en principio, sólo estaba presente en el ruedo aquella tarde como convidado de piedra. Un torero de los llamados «modestos» estaba allí para, de buenas a primeras, hacerse cargo de una de las papeletas más complicadas de toda la temporada: lidiar y matar en solitario cinco toros de distintas ganaderías en la plaza más importante y exigente del orbe taurino.
Si en la ópera, por el motivo que fuese, el tenor o la soprano principales no pueden salir a cantar, una gran parte del público decide no ver el espectáculo. La primera sorpresa en Las
Ventas fue comprobar que prácticamente nadie se movió de sus asientos, si acaso algunos se iban a por su gin tonic, pero regresaban al siguiente toro y, tambaleantes por el graderío, volvían a ocupar su correspondiente localidad no sin antes incordiar por enésima vez al vecino. En cualquier caso, todos, más o menos sobrios, pensábamos lo mismo: «No me gustaría verme en su pellejo por nada del mundo». Acto seguido volvíamos una vez más a comprobar en el programa de mano el nombre del primer sobresaliente anunciado debajo del nombre de Emilio de Justo y en letra más pequeña: Álvaro de la Calle.
¿Por qué nos quedamos allí si el principal protagonista, aquél a quien habíamos ido a ver con la ilusión de verle triunfar, iba en aquel mismo instante inmovilizado y camino del hospital? Porque en esta Fiesta, al contrario de lo que pudieran pensar algunos advenedizos, el protagonista sigue siendo el toro. Así que nos quedamos sentados en los tendidos
esperando a ver cómo eran los toros que estaban destinados al héroe caído. Tampoco se puede obviar que una parte de los espectadores también aguardaban con cierto morbo para ver si el sobresaliente en cuestión era capaz de aguantar el arreón y solventar mal que bien semejante papeleta. Cabe suponer que también habría algunos ingenuos esperando el milagro, como en esas películas malas en las que el modesto y defenestrado beisbolista, después de superar una gravísima lesión, sale a batear porque no hay otro jugador disponible y en el momento más crítico del partido le atiza un estacazo a la bolita mandándola fuera del estadio. Happy end.
Pero, claro está, no hubo milagro esta vez, desarrollándose la corrida dentro de lo previsible: toros más o menos complicados, pero que dieron buen juego en general, ante los que Álvaro
de la Calle no podía más que aspirar a estar aseado y matarlos de
la forma más digna posible. Hasta que salió por la puerta
de chiqueros una estampa de toro de nombre Duplicado…
Óscar Bernal fue capaz de picar a Duplicado acorde a la categoría del toro, que tomó tres puyazos de menos a más. Y aún así, quedó la impresión de que, si lo hubieran puesto en suerte una cuarta vez al caballo, el toro se habría vuelto a arrancar de largo y con una rectitud asombrosa. Los banderilleros, Revuelta y Arruga, también lograron hacerlo bien con los palos. Mención aparte merece Chacón, que con el capote lidió al toro extraordinariamente bien, resucitando incluso el toreo con el capote a una mano. Un detalle a destacar: justo cuando Chacón se metía raudo en el burladero del 7 después de
haberse llevado al toro a una mano, un (buen) aficionado lanzó
un sombrero al ruedo que fue a caer a los pies de Duplicado;
sombrerazo para el torero de plata… y para el ganadero. Toda la decepción sobrevenida con la grave cogida de Emilio de Justo se tornó de pronto en emoción y júbilo ante la bravura manifiesta de un toro de bandera. Esa es la dureza y, al mismo tiempo, eso que algunos llaman «la grandeza» de la Fiesta.
En descargo de Álvaro de la Calle hay que decir que algunos matadores punteros del actual escalafón (que cada lector ponga aquí el nombre que considere oportuno) tampoco hubieran estado a la altura de semejante ejemplar, pero también es necesario reconocer que en esta ocasión ni Duplicado ni Victoriano del Río tuvieron suerte en el sorteo (valga la redundancia). Solo cabe esperar que, en efecto, Duplicado tenga ahora mismo uno o varios dobles pastando en las estribaciones de la Sierra de Madrid, tierra de toros desde antiguo.
No se trata en ningún caso de cargar las tintas contra su matador, que bastante hizo con salir por su propio pie de la plaza y sin que le devolvieran ninguno de los cinco toros al corral. Sí convendría, no obstante, hacer una reflexión sobre el papel de los sobresalientes en este tipo de corridas. Es comprensible que el empresario no se quiera gastar un euro de más en la contratación de un actor secundario (según ha
publicado Antonio Lorca en El País, la empresa de Las Ventas ha cumplido con el convenio nacional taurino y le ha pagado a Álvaro de la Calle los 3.124 euros que corresponden a un sobresaliente de un sólo espada, más 293 euros por gastos generales y 299 para la cuadrilla) que, muy probablemente, no tendrá que intervenir en toda la corrida. Pero, visto lo visto, dada la categoría de la plaza, de las ganaderías anunciadas y ante la enorme responsabilidad adquirida en semejante trance, ¿no habría que contratar como sobresalientes en las corridas de un sólo matador a toreros con un mínimo garantías en el caso de que salga al ruedo un toro de triunfo? ¿Acaso la empresa no cuenta con veedores de toreros por esos mundos de Dios?
Una última reflexión en torno al papel del diestro protagonista (quizá a su pesar): lo último que debe hacer un torero en una plaza es mover a compasión. Algunos incluso le quisieron compensar su esfuerzo con una oreja de Duplicado. Sin embargo, la cabeza de ese toro, junto a la de Dalia, lucirá en la casa de don Victoriano mucho mejor sin mutilar.
¡Honor y gloria al toro bravo!
El Tato, aficionado impenitente y desclasado