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José Tomás o la inauguración de un tópico

Cuando José Tomás pinchó la burbuja de la clausura mediática al aparecer en casa de José Ramón de la Morena jugando al tenis con uno de los Café Quijano, marcó la transición de ídolo de la España analógica a tópico de la literatura sabinera. La deriva, sin embargo, comenzó por accidente en 2013, un año después de la corrida matinal de Nimes en la que José Tomás lidió en solitario seis toros, cuando Simón Casas publicó La tarde perfecta de José Tomás (Demipage). En el libro se esbozan algunos entresijos de las negociaciones con Salvador Boix (el apoderado) y mezcla elementos autobiográficos con las consideraciones estéticas y
morales que provocó en el empresario francés contratar, ver y disfrutar en su plaza a José Tomás. El libro es un tratado de la aproximación esnob a la fiesta popular. De la tauromaquia elevada a la quintaesencia del arte mediante la constante justificación de la muerte del toro. Sin quererlo, Simón Casas produjo un callejón sin salida.
¿Si José Tomás toreó a la perfección, tiene sentido seguir hablando de José Tomás como un mito? ¿Puede ser una leyenda el artista que ejecute una obra acabada, incólume, limpia, vigente para siempre? No. Lo justificó Bukowski en algunas de las cartas que envió a los editores de revistas de su época para disfrutar del placer del rechazo: «Concentrarse en la forma y la lógica, las normas establecidas, es una imbecilidad en medio de la locura». El empresario francés asegura que «la obra de José Tomás se vivió como una liturgia». Esa frase actúa como una tijera cortando la cinta que inaugura el tópico. Al argumento de que los toros se extinguirían si desapareciera la Fiesta, al tan manoseado «¿y Lorca, qué?», a la tauroeconomía, a la visión de Goya, a Vargas Llosa, al mantra de que «la Fiesta no es de izquierdas ni de derechas», a la lista interminable de lugares comunes que minan los toros, se adhirió automáticamente el de la liturgia tomista superpuesta a la liturgia del toreo.
Este país lleva años rechazando lo que alguna vez fue, pero José Tomás, el torero que gentrificó el misterio de la tauromaquia, mantenía reservas de prestigio en el fondo de los desconectados del hecho de los toros. Era, antes de dinamitar su leyenda por un atracón de celebrity aburrida, el icono del héroe clásico entre la diáspora que huyó de las tardes históricas a espectáculos, digamos, con mejor prestigio social. Después se hizo perfecto. Y este año se ha anunciado con cuatro toros en Jaén, culminando el proceso. El hombre invencible, el héroe que rechazó las promesas de eternidad en Aguascalientes, hizo coincidir el inicio de la decadencia con el final de Enrique Ponce y los dos, unidos por el cordón umbilical del antagonismo, dejaron algunas consideraciones acerca de su trayectoria al lado y decidieron echarse a vivir. Uno apareció flotando encima de una colchoneta con forma de cocodrilo y el otro decidió abandonar el refugio que mantiene intacto su caché y dejarse grabar pasando bolas en chándal y con el pelo recogido.
Esta época es una oportunidad de describir declives. A la vez que se produce la caducidad de algunas cosas importantes, asistimos al derrumbe de algunos elementos valiosos porque ayudaron, no hace demasiado tiempo, a pasar mejor el trago de estar vivos. José Tomás decidió unirse a la marcha hacia el desfiladero anunciando un atracón de expectación en una plaza cualquiera, contratado por un empresario cualquiera, en una fecha cualquiera y organizando una corrida de toros cualquiera, como si aquellas consideraciones acerca de la excelencia de su compromiso con la vocación se hubieran esfumado a tiempo de rebañar el último sorbo del dinero.
José Tomás ha firmado su primer bolo como globetrotter del toreo, dándole la razón a quienes malgastaron su tiempo criticándolo sólo por ser capaz de convertir su nombre en una industria más boyante que el sector taurino, y es el momento de decir adiós al tipo invisible que volvió de la muerte y dar la bienvenida a la nueva atracción de las tradiciones ibéricas. Otro elemento que vertebrará la tauromaquia, pero que quedará demasiado lejos al aficionado, en una abstracción ideal, inalcanzable, imposible, disponible para ser utilizada como ejemplo y defensa. Un nuevo argumento que sobar.

La cultura popular montará en su Dragon Khan el próximo 12 de junio y los partidarios que acudirán a pie, en jet privado o en el coche recibirán un certificado de experiencia expedido por el promotor de Galapagar a las afueras del canon, en el extrarradio de las claves que alguna vez dio para afrontar el juego de dados con la muerte que es hacer el paseíllo, deshecho ya el trampantojo de oficialidad de sus apariciones. En la intimidad que compartirá con miles de personas, José Tomás desbrozará algunas consideraciones conservadoras, pero ya no podrá considerarse más un revolucionario. Minimizar, desgajar y saturar el espectáculo de la muerte del toro es sólo su capricho. Umbral dejó escrito en La noche que llegué al Café Gijón sobre Heráclito que «sigue siendo una hoguera, mientras los demás filósofos son ya una estatua». José Tomás ha empezado a ser estatua.

 

Juan Diego Madueño es periodista