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Hasta aquí hemos llegado

HOMENAJE A ANTOÑETE

 

El festival en memoria de Antoñete fue un acontecimiento. La mañana del 12 de octubre concentró en Las Ventas una multitud de aficionados que vinieron a recordar, a volver a vivir. Miles de jóvenes que acudían a ver lo que nunca habían visto. Todos, viejos y jóvenes, salieron emocionados, extasiados, en una comunión extraña.

De José Antonio Morante Camacho, el genio de La Puebla, partió la idea de celebrar un homenaje a Antoñete con toreros retirados vinculados por muchas razones al diestro madrileño, así como de erigir un monumento horrible, por cierto a su figura.

A plaza llena, hicieron el paseíllo el rejoneador navarro Pablo Hermoso de Mendoza y los maestros Curro Vázquez, Frascuelo, César Rincón, Enrique Ponce, Morante, el único en activo, y la novillera Olga Casado, gentilmente invitada. Desde el paseíllo se palpaba la emoción en el ambiente. Una atronadora ovación saludó la presencia de los actuantes en la Puerta de Cuadrillas.

Curro Vázquez, César Rincón y Olga Casado abrieron la Puerta Grande para salir a hombros al finalizar el festejo. El pasado y el porvenir sacados en medio de una euforiadesatada por la puerta más grande del toreo.

Pablo Hermoso de Mendoza, el caballero rejoneador de Estella, un señor del toreo a caballo, retirado en 2024, volvió a Madrid para recordar su admiración por el maestro Antoñete. Fue con aquel caballo Chenel con el que revolucionó el toreo. Pablo Hermoso nunca traspasó los límites de lo clásico. Un torero sobrio, preciso al clavar, de elegantey superior monta. Inventó a lomos de Chenel la «hermosina», que consiste en cambiar la grupa de pitón a pitón una vez cosida la embestida al estribo. Suerte de toreo inverosímil, por el riesgo, también por la belleza y el ritmo que el gran rejoneador imprime. En esa mañana volvió a deleitarnos con un toreo que ya es eterno.

Estuvo Curro Vázquez, el torero de Linares que casi siendo un niño deslumbró de novillero en la antigua Plaza de Vistalegre, en el barrio de Carabanchel. Curro, que como el maestro Antoñete, se apagaba, para de improviso renacer con más arte. Siempre fiel a sí mismo. Lo que le valió el título de torero de Madrid, el Curro de Madrid.

Con setenta y cuatro años cumplidos volvió a su plaza, recibido entre clamores, para soñar el toreo. Disfrutó con una faena maravillosa, llena de primores. Hizo rejuvenecer a los mayores y enseñó a los jóvenes cómo era el toreo, el clásico, el de siempre.

Toreo inmortal interpretado con un arte, una hondura que hiere el alma. Un torero único, descomunal, que alcanzó casi treinta años después un eco nunca visto. Curro regaló lo mejor de su arte, su faena más bella. Aquellos gritos de «¡torero, torero!» sonaban distinto. No eran los de sus viejos incondicionales, sino el de los nuevos que le veían por primera vez. ¡Maestro, gracias!

Frascuelo, el torero con más edad en torear en Las Ventas, un torero de olor y sabor,tuvo su comunión con sus muchos partidarios. Fue patética su imagen, desmadejado, dando la vuelta al ruedo, tras el tremendo esfuerzo que hizo con el peor novillo de la mañana. Era, igualmente, una estampa de añeja torería, emotiva, con un algo solanesco. El torero que pudo ser y no fue, pero conservó su gallardía, su empaque, su altivez de rebelde. ¡Mucha grandeza!

César Rincón, el César colombiano del toreo, vino a cumplir su sueño de despedirse de Las Ventas del Espíritu Santo, la plaza que le dio todo. De todos los actuantes, César es al único que le cabe el honor de haber recibido la alternativa de manos del maestro Antoñete. Con César vimos el regreso de una forma de torear casi olvidada: el toreo de distancia, mano baja, reunido y encajado. Rugía Las Ventas igual que en los años noventa con el propio Rincón, el torero que nos devolvió la pureza en aquellos lejanos años. Por cosas del mercado, no pudo despedirse de Madrid como merecía. Veinte añosdespués, más o menos, nos devolvió aquellos tiempos en que la épica, el valor, la técnica, la garra no estaban reñidas con la ética, con el arte, en suma. ¡Gracias, maestro!

Enrique Ponce representa la maestría de un torero todoterreno, al que nunca se le vio aperreado por un toro a lo largo de su historia. Un torero de difícil facilidad. Inventor de tantas faenas, de tantos toros. Siempre suficiente. Siempre elegante en sus modos, en sus formas. El saber estar de una figura indiscutible. El Ponce de siempre, sin olvidar sus irremediables poncinas.

Antes de Morante, por una cierta cortesía, destacó la novillera Olga Casado, una grata sorpresa. Exhibió valor, gracia, un especial sabor en su hacer muletero. Supongo, que en homenaje al maestro Ponce, se recreó en unas poncinas de especial donaire. Además dio muerte a su novillo con una gran estocada. La estocada de la mañana. El futuro del toreo con nombre de mujer. ¡Olga, torera!

Y Morante. Por todo fue el gran protagonista. El gesto de Morante con Antoñete estuvo presente toda la mañana. El genio de La Puebla se implicó de lleno en dar grandeza a este festejo en memoria del maestro Chenel. Algo, por cierto, que no se le había ocurrido a nadie antes. Tuvo que ser un torero sevillano el que hiciera posible este homenaje a un torero de Madrid, al más madrileño de todos los toreros de Madrid. Desde el mítico festival a Antonio Bienvenida, hace cincuenta años, no se habían visto tantas figuras del toreo, ya retiradas, en un mismo cartel. Pero aquél no resultó tan triunfal como éste. Un milagro.

A destacar el detalle de Morante de buscar en lo de Osborne, un ensabanao como aquel Atrevido que inmortalizó Chenel en mayo del 66. Morante encontró en Castillo de las Guardas a Presumido, un clon de Atrevido. Un atrevimiento. Este atrevido Presumidono quiso colaborar. Morante dejó contadas muestras de su arte. Un derroche de ese valor, sin aspavientos, con el que ha superado tantas dificultades. La gracia, la sevillanía, brillaron esta vez más que la hondura, que la profundidad.

En la persona de Morante se aúnan la elegancia de Fuentes, la fantasía de Rafael el Gallo, el poder de Gallito; cosas de Belmonte, más cosas de Chicuelo. Enlaza su toreo con el de Pepe Luis Vázquez, con los grandes de los cincuenta y de los sesenta como Curro Romero y Camino. Indudable parentesco tiene el toreo de Morante con la graciagitana de Curro Puya, Cagancho, Albaicín y Rafael de Paula. Todo confluye en Morante, en su personalidad única. El genio de La Puebla lo asume todo. Lo absorbe. Se empapa de todo. Pero le da su propia interpretación, el sello único del genio. Igual que Picasso bebe de las fuentes más clásicas para hacer su revolución pictórica, lo hace Morante en lo taurino. Cuando no se puede torear más entregado y con más abandono es el momento de decir: hasta aquí hemos llegado. No hay nada más allá.

Morante, ya, es el mejor torero de todos los tiempos.

Jorge Laverón es periodista taurino