m
Post Recientes

Quite por Chicuelinas

De frente, los brazos abiertos cogiendo el capote como una media luna a pleno sol; el torero quiere hacer un quite que alivie el transcurso del tercio de varas y cita al toro en una suerte de silencioso grito helado por la tensión: ni el animal ni el público adivinan hacia qué lado desahogará el torero la embestida que acelera hacia su cuerpo. De pronto, como un abanico en palco de zarzuela, el torero eleva ligeramente un brazo —provocando un péndulo de tela en rosa—y pasa la muerte por uno de sus costados, al tiempo que gira en dirección contraria al viaje del toro; el torero queda envuelto en su capa por unos segundos,que le permiten girar y volver a quedar de frente al animal que ha caído en el birlibirloque de un engaño que estalla en los tendidos con el “ole”… y, a veces, en silencio.

Se llaman “chicuelinas”,y deben su nombre al genial Manuel Jiménez Chicuelo, que bordó ese quite en Valencia por primera vez, en 1924. Al año siguiente, electrizó a Madrid con una serie breve,y el lance quedó bautizado para siempre. Sin embargo, hay quienes afirman que Chicuelo, sin plagio alguno, adaptó en realidad una floritura que acostumbraba ejecutar el torero Rafael Dutrús Zamora, torero bufo conocido como Llapisera que alegró los tendidos del mundo taurino con un espectáculo cómico-musical llamado “El bombero torero”. En realidad, es común en faenas de campo y exámenes de tienta que todo aquel que se tira al agua(con permiso del ganadero) a darle las tresa una becerra se enfrenta al adrenalínico compromiso del terror instantáneo en cuanto se abalanza sobre uno la vaca, eral, novillo o galgo que persigue afanosamente el engaño de la capa: todo incauto recurre entonces a escabullirse como puede y se enrosca en el capote como un sereno en madrugada fría. Ese libramiento más bien jocoso pasó evidentemente al repertorio de los toreros bufos,y aquí vale subrayar el exagerado donaire con el que Cantinflas hacía su propia versión de la chicuelina como si fuese un juego verbal, pero el quite debe su nombre a la formalización estética que le imprimió Manuel Jiménez, ese astro de cara limpia y mirada vidriosa que hipnotizó a los públicos en ambos lados del Atlántico no sólo con este —su quite—, sino con el discreto encanto del temple y la postura perfecta, la plástica vestida de seda y oro que cumple con el trinomio citar-templar-mandar, y añade el guiño indispensable de saber girar; y así, el torero en el centro del ruedo ha pasado por su costado la embestida casi intacta de un toro aún sin puyazos, o bien ya castigado con la primera prueba, y gira para volver a citar de frente y clonar otra chicuelina por el costado opuesto.

Durante décadas,se acostumbraba pegar chicuelinas con el codo izado en ángulo recto a los alamares de la chaquetilla y —ya en sepia o en blanco y negro—queda constancia del propio Chicuelo,Manolete, Ordóñez o Camino, envolviéndose en el viaje del toro con el capote,que casi se monta sobre el hombro;pero de tres o cuatro décadas a fecha, las chicuelinas pasan por debajo de la axila, rozando el costado en una somnolencia lenta,como la que imprimía Silverio Pérez o con la mano que guía a una mínima altura, casi al hilo de machos, tal como lo hacía José María Manzanares y que casi provoca que a ese tipo de chicuelinase le llame “alicantina”.

Se ha visto que Roca Rey y algún otro revolucionario del toreo combinen tres o cuatro chicuelinas con las verónicas o lances iniciales para recibir a un toro en tablas o al filo del tercio, apenas salido de toriles; y hay que subrayar que las chicuelinas con las que saca al toro del muro del peto del caballo en la suerte de vara, o bien la coreografía callada con la que se lleva al toro al sitio exacto para que el picador pueda citarlo con garbo para el dicho puyazo, no deben llamarse andantes o al paso, sino “quite por las afueras”, pues así le imprimió su impronta el orfebre mexicano Pepe Ortiz, como si confirmara con ello que un alivio ante el terror que sirvió de bufonada pasó al reino del arte bajo el ala de Chicuelo, y ha sido reinterpretado por todo aquél que intuye que basta salvar el instante con un mínimo giro del capote, envolviendo la voluntad en percal, para que cambie el orden secreto del Universo… y siga girando el planeta de los toros.

 

Jorge F. Hernández, escritor. Es columnista del diario El País.

TERCER AÑO. NÚMERO SIETE. FERIAS. MAYO-AGOSTO. 2019