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Clinamen

Quod nisi declinare solerent… Así principia el verso 221 del libro II del De rerum natura de Lucrecio: «Que, si jamás desviarse solieran, tal todos ellos / como gotas de lluvia cayeran por el profundo desierto, / ni a los primordios jamás les habría choque ni encuentro / surgido, y así, nada nunca Natura habría compuesto», reza la traducción de Agustín García Calvo. Se tratará aquí, también, de una declinación o de un desvío. De una desviación que, paradójicamente, produce un encuentro. De un choque que, felizmente, se resuelve en composición. Hablo, claro es, del toreo. Y haré pie en un texto de Michel Leiris, «La tauromaquia es más que un arte», perteneciente a su ensayo Espejo de la tauromaquia.

La línea recta, enseña Lucrecio en la tradición epicúrea, a nada conduce. Los átomos que imaginó Demócrito caen en verticalidad monocorde, vencidos por su propia pesantez, «como gotas de agua… por el profundo desierto», desliéndose en nada. Pero un exiguum clinamen, una mínima inclinación (accidente o falla) los hace desviarse de su prefijada trayectoria y los libra a la suerte del encuentro. A componerse unos con otros conforme a una espontaneidad inédita. Nacen de ahí las cosas. Así también, por antonomasia, el toreo.

La tauromaquia sería inconcebible sin nociones como rectitud, destreza, derechura, en el doble sentido tanto de la ejecución técnica como del carácter ético. No hay toreo sin una elemental sinceridad. Al toro se va de frente y por derecho. Porque el toro es la verdad de la muerte a cuya recta embestida sólo cabe corresponder con la misma intención recta.

Este milagro de destreza, en que el toro, ritualmente «adiestrado», es conducido a la muerte, aparece las más de las veces envuelto en un velo de idealidad. La belleza táurica tiende a ser asimilada a una belleza ideal, estética, estetizada incluso, olvidando la turbulencia que remueve esa belleza y conmueve sus rasgos. El espectador que posea la «limpia y fina sensibilidad» que reclamaba José Bergamín (aunque, quizá, en un sentido distinto) habrá visto esa conmoción. O conservará su regusto o su resonancia en el fondo de la genuina emoción taurina.

Cuando Domingo Ortega, en su conferencia «El arte del toreo», en nombre del «bien hacer el arte», pedía volver a «las normas clásicas: parar, templar y mandar» (a las que añadía, como término tercero, «cargar la suerte»), conscientemente idealizaba. Pero su experiencia de lidiador, en contra de una estética que él llama «visual», le dictaba que «el arte del toreo radica en el peligro que el toro tenga». Y que la «grandiosidad del toreo» hunde su belleza en esa otra dimensión, que curiosamente él sólo menciona de pasada, a la que el diestro sin duda ha de sobreponerse para que eso que ahí tiene lugar sea arte, pero que nunca podrá cancelar… justamente porque en ella le va el arte.

Es a esta otra dimensión, digamos, sesgada, torcida o siniestra del toreo a la que atiende Michel Leiris. No, evidentemente, por hacer de menos el arte de torear. Antes bien, para afirmar, valga la paradoja, que el toreo es «más que un arte». Pues si el toreo, como constata Leiris, por un lado, no deja de «servir de ejemplo a las disciplinas estéticas propiamente dichas», por otro lado, «está dominado por elementos que jamás ningún arte pone en juego de manera tan brutal y tan expresa». «Juego de contrastes violentos», la corrida de toros está signada por una esencial ambigüedad que es escamoteada cuando convencionalmente se la adscribe sin más al dominio de las artes. Se olvida así que el supuesto punto final de la discusión («el toreo es un arte») no es sino su problemático comienzo («el toreo es más que un arte»).

Vértice de la corrida moderna y punto álgido de su juego de contrastes (excepción hecha del encuentro mortal de la estocada, que da nombre al último tercio, «de muerte»), Leiris concentra su mirada en la faena de muleta. El pase supone el verdadero quebranto del toro, ya mermado en su acometividad, por cuanto el torero lo desengaña quebrando la derechura de su embestida, que él ha provocado y de la que se vale. El «pase tauromáquico», prosigue Leiris, «con sus evoluciones calculadas, su ciencia, su técnica, representa la belleza geométrica sobrehumana, el arquetipo, la idea platónica». Pero esa idealidad se halla a un tiempo «en relación de contacto, de roce, de amenaza constantes con la catástrofe del toro». Sólo así, subrayo, es.

El pase tiene lugar como una «convergencia inmediatamente seguida de una divergencia», bien imponiendo una precisa desviación a la trayectoria del toro, bien por una leve torsión del propio cuerpo del torero. A lo que remata Leiris: «Una especie de doblamiento o torcimiento (gauchissement) que (el diestro) hace padecer a su belleza fríamente geométrica como si no tuviera otro medio de evitar el maleficio del toro más que incorporándoselo en parte, imprimiendo a su persona algo ligeramente siniestro, valga el juego de palabras: por el acto literal de siniestrarse (se gauchir)».

Vemos el juego de espejos y desdoblamientos: a la derechura del toro que trae lo siniestro corresponde la destreza del torero que se tuerce para ejecutar el pase quebrando al toro. Ambos, toro y torero, son lo uno y lo otro, diestro y siniestro. Ambos, tanto cada uno de ellos como el conjunto que, por un instante sin tiempo, forman en el peligro del embroque, son violento contraste templado en composición. Sólo en esa crucial ambigüedad se cumple el toreo.

Leiris concluye: «Resulta de esto que la tauromaquia puede ser tomada como el ejemplo típico de un arte cuya condición esencial de belleza es un desfase, un desvío, una disonancia. Ningún placer estético sería por tanto posible sin que hubiera violación, transgresión, rebasamiento, pecado, en relación con un orden ideal que hace la función de regla; sin embargo, una licencia absoluta, tanto como un orden absoluto, no sería más que una abstracción insípida y vacía de sentido». Considerar el toreo, exposición de belleza táurica, como paradigma del arte no es trastocar una presunta jerarquía de las artes para situar en su cúspide o en su fuente a la tauromaquia, por así decir, sublimándola. Significa, muy al contrario, tomar el toreo como ocasión privilegiada para repensar y rehacer el trabajo mismo del arte. Justamente por el exceso o el desvío que hace de la tauromaquia «más que un arte». La discusión está abierta.

«Que, si jamás desviarse solieran… nada nunca Natura habría compuesto». La línea recta de los átomos en caída ciega acaba en nada. Como en nada acaba la acometida del toro cuando ciegamente, esto es, sin desvío, arrolla un cuerpo, cuerpo muerto ya, simple títere o muñeco. Un choque así no es encuentro. El encuentro sólo se logra cuando una ínfima desviación se imprime a la trayectoria que fatalmente conduciría al desastre. Exiguo clinamen por el que Natura compone.

 

Alejandro del Río Herrmann es doctor en Filosofía y editor