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Se me olvida todo lo demás

«Las cosas que no se saben son las que convierten la vida en algo fascinante».

Wislawa Szymborska

 

 

Son ya ocho años desde que dejé mi Barcelona natal. En ella, familia, amigos, recuerdos… Ocho mayos venteños, ocho sanisidros. Atrás quedaron las temporadas de la Monumental de Barcelona, que ocupaban primaveras y veranos —con melancolía lo escribo—, pero con la suerte de poder asistir a los toros en Madrid.

 

Y así, en un domingo de la Feria de San Isidro de este 2025, sentada en una localidad del

tendido 3 y después de ver cuatro toros que de poco o nada sirvieron, que nos dejaron sin poder disfrutar de la torería de Curro Díaz, a mi lado, un señor de mediana edad, sin puro —es de agradecer—, le comentó a su esposa y amigos venidos de Granada y Jaén que cómo podía ser que aún no se hubiera descubierto la forma de averiguar si un toro era bueno o no para la lidia, de forma que así todo lo visto en el ruedo valiese la pena.

 

Con ese «que todo valiese la pena», ¿a qué se estaría refiriendo exactamente?, ¿al coste de la entrada?, ¿al asiento de piedra?, ¿al calor del roce de espalda con rodilla o al hecho de ir en busca de la emoción, con lo que ello supone?

 

Después de escuchar ese comentario pasaron unos segundos —cortos en tiempo, pero largos en mi mente— durante los que me debatía entre responder o no, ya que era una conversación ajena a mí, aunque al oírla —intentaba controlar mis impulsos, que ya me costaba no replicar a los del 7— me giré hacia el vecino de localidad y, desde el corazón, le dije: «Esa es, precisamente, la magia de una corrida de toros».

 

Magia. Eso que da sentido a las cosas, que crea un sentimiento de expectación, de incertidumbre y de falta de explicación sobre la vida y el querer. Pero, para ello, hay que ser paciente, porque no siempre ocurre. Tiempo, espera, creencia y con la razón dispuesta a soñar y el corazón dispuesto a sufrir.

 

En cine se nos muestran casi el final ya desde el tráiler promocional (cuanto más rápidos los cortes, mejor). En música (término muy amplio), ya no importa la espera de la salida de un álbum en el que se cuenta una historia, sino la necesidad de lanzar y consumir todo por separado, cuanto más mejor, para «petarlo» lo más rápido posible. En la vida, en nuestra propia vida, una recurre al horóscopo o al tarot para saber qué sucederá con las cuestiones amorosas o económica y encontrar razones a lo ocurrido. Y justamente en ese paréntesis que hay entre una cosa que sucede y otra es donde está la magia de no saber nada.

 

No soy nadie para decir cómo uno tiene que ir a los toros, pero sí sé cómo una se siente cuando le prohíben ir a su plaza, la Monumental de Barcelona. Porque en mi ciudad prohibieron la emoción, la incertidumbre con la que una entrega la fe ese día, esa tarde, en el círculo mágico, a la espera, con el deseo de que finalmente suceda algo que —aunque de forma efímera, tal que el toreo es en sí mismo «arte efímero del vuelo»— nos haga olvidar problemas y recordar alegrías.

 

A veces, se sale enfadada de la plaza porque querías ver triunfar a tu torero; otras, feliz por un descubrimiento; y otras, con un desgaste emocional que pocas veces la vida propicia: sólo en el amor en toda su plenitud, por abrirse una y dejarse llevar aun sabiendo que la tragedia o el desencanto siempre andan al acecho.

 

Bergamín escribió: «No se cree porque se espera, se espera porque se cree». Y yo creo cada día cuando voy a las plazas o me imagino en ella, en la de mi Barcelona sin toros. Porque con esa ilusión —aunque luego se vaya evadiendo a lo largo de la tarde—, merece la pena acudir al reclamo del rito. Para que eso siga intacto, unos y otros deben preservarla e ir con ella siempre a ocupar su localidad en los tendidos.

 

Me pido que pese a mucho y tanto, pasen años, apagones, virus o posibles

bombas nucleares, mi mirada hacia la vida sea igual de ilusionante que cuando

voy a una plaza de toros. Porque, como le ocurría a don Antonio Machado «sólo recuerdo la emoción de las cosas y se me olvida todo lo demás».

 

Aitana March es aficionada