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Curro Vázquez, todas las mañanas del mundo

Amaneció en Madrid el 12 de octubre de 2025 con la mansedumbre de un domingo sagrado, con ese aire de misa mayor que reviste la ciudad cuando se celebra la Hispanidad y cuando los aviones de guerra prorrumpen en el cielo, aunque ningún lugar mejor que Las Ventas representaba el eje de la liturgia en su posdata a Antoñete. No podía imaginarse un escenario más simbólico ni un argumento más circular. Porque aquel mediodía, bajo la luz dorada de octubre, volvía a torear Curro Vázquez, exactamente en la fecha de su alternativa, medio siglo largo después de haberla adquirido como un prodigio adolescente.

 

Setenta y cuatro años tenía el maestro de Linares. Setenta y cuatro. Nadie antes había pisado el albero venteño con semejante antigüedad, con semejante entereza. Y, sin embargo, no hubo en su figura la huella de los tiempos ni el rastro de decrepitud. Sólo esa belleza otoñal de los elegidos, la que concede a algunos seres la gracia de reconciliar el tiempo con la memoria. Curro Vázquez no toreaba ya por ganar, ni por reivindicarse. Toreaba para reconocerse. Para decirle al mundo —a su mundo— que todavía era capaz de detener el aire, de templar la embestida, de bordar la eternidad con el hilo del toreo.

 

El motivo del festejo era Antoñete, su compadre, su espejo. Pero la emoción se desbordó hacia el propio Curro. Había una mezcla de incredulidad y de ternura entre los aficionados, muchos de los cuales no lo habían visto jamás en persona. Los más jóvenes lo conocían por las cintas gastadas de los años ochenta, por las fotografías decoloradas donde flotaba la elegancia de su trazo y la majestad de un capote anestesiante. Aquella mañana, el mito se hizo carne, y la carne volvió a ser arte.

 

Cuando Curro apareció en el ruedo, el murmullo se transformó en un silencio religioso. No llevaba el oro de los tiempos pretéritos, sino la sobriedad campera de los que ya no necesitan el estruendo de los alamares. Había en su gesto una serenidad que imponía respeto y una humildad que desarmaba. En los tendidos, los toreros contenían las lágrimas: Fernando Cepeda, El Fundi, Diego Urdiales, El Juli, Juan Ortega, Pablo Aguado. Ninguno pudo disimular la emoción. Los ojos les delataban. Y cuando el maestro instrumentó los primeros muletazos, cuando el toro pareció entrar en el compás de su respiración, la plaza entera sintió que la ceremonia por el túnel del tiempo nos arañaba las entrañas.

 

Las Ventas le devolvió por fin el eco de su grandeza. «¡Torero, torero!», gritaban desde los tendidos los incrédulos y los veteranos. Y ese clamor, que nunca había sido de Curro Vázquez pese a tantas faenas de arrebato y eucaristía, retumbó esta vez como una expiación. Como si la plaza quisiera compensar de golpe todos los desaires de su carrera. A cada muletazo, la faena crecía en hondura y lentitud. Hubo pureza en los derechazos, temple exquisito en los naturales, belleza sublime en los ayudados y las trincherillas, tan hondas que parecían escritas por en prosa antigua.

 

Y cuando llegó la hora final, aquella espada que tantas veces se le había negado entró como un relámpago limpio, justo, perfecto. Cayó el toro con dulzura, como si también comprendiera la ceremonia. Y entonces sí, Las Ventas rugió. No sólo por el arte, sino por la justicia. Por ver cómo la vida, por una vez, se atrevía a cerrar el círculo con coherencia y emoción.

 

Lo sacaron a hombros sus hijos, entre el fervor de una plaza que olía a rosquillas y a lágrimas. Y mientras recorría la arena, con el capote en la mano y el sol ya bajando, uno tenía la sensación de asistir no a una retirada, sino a una resurrección. Como si ese 12 de octubre, en el mismo día de su alternativa, Curro Vázquez hubiera vuelto a nacer.

 

Hay una última imagen, casi secreta, que cierra la historia con un hilo de poesía. Su hermano José, el mozo de espadas de toda la vida, le había traído aquella mañana una camisa envuelta en papel de seda. Era la camisa de torear que Curro había llevado en su despedida de Vistalegre, un cuarto de siglo atrás. Dudó en probársela, pensando que el tiempo la habría encogido o él habría cambiado. Pero se la puso y le quedó perfecta. Como si la tela, guardada durante veinticinco años, hubiera esperado su momento para volver a respirar.

 

Esa camisa, convertida en talismán, fue la que acompañó al maestro en su última faena. Y acaso por eso todo salió bien. Porque en ella estaban todas las mañanas del mundo, y en su pulso latía el recuerdo de todos los toreros que alguna vez soñaron con detener el tiempo.

 

 

Rubén Amón es presidente de la Peña Antoñete