El día que conocí a Juan Ortega tenía una muleta en la mano. Era un esqueje de Sierra Morena trasplantado en la ciudad. Había empezado la carrera universitaria y, a la vez, a asistir a las clases de la escuela taurina. El muchacho —un adolescente que comenzaba a abandonar la infancia amamantado por el olor del toro— estaba apartado del pelotón de chavales que oía los consejos de los profesores. Movían la muleta. Se embestían los unos a los otros. Balbuceaban lances con el capote.
En aquella escuela no había maestros. El maestro, con independencia de los logros conseguidos, debe proyectar cierta imagen de valor, escoger bien algunas palabras para dirigir los entrenamientos, establecer una conexión con las ilusiones de sus alumnos. Y allí ninguno de los profesores lo era. Nadie querría acabar siendo el hombre que fabrica banderillas en un despacho de la plaza de toros, pero cualquiera, al principio de su carrera, firmaría la posibilidad de banderillear o lidiar toros para una figura del toreo si al final no se cumplieran las expectativas. En aquel momento era difícil saber quién recogería título de maestro quince años después. Lo normal era pensar que no había cerca —ni en cincuenta kilómetros a la redonda— un elegido para ser el puente entre la grandeza del toreo y los nuevos alumnos.
Juan Ortega desembalaba los chismes al otro lado del ruedo. Cuando nos dimos el primer apretón de manos —en las escuelas taurinas todo el mundo saluda a todo el mundo con la técnica de Trump, como un modo rápido de establecer jerarquía— no sabía que aquel hombre a medio hacer —como yo— había emprendido la búsqueda de la perfección. No es un piropo.
Hacia el arcoíris caminaba ya Juan Ortega como si debiera expiar los días de aislamiento en la finca, un Jurassic Park de toros en lo alto de la sierra de Jaén; en aquel Triángulo de las Bermudas del miedo, a dos horas de cualquier supermercado, sin conexión a Internet, apenas agua corriente. En aquel escenario que habría elegido Hitchcock para rodar Los toros, la versión cañí de Los pájaros, vivía Juan Ortega de manera salvaje. Allí era un Mowgli en la pandilla del Camarón (un caballo tordo) y el Viruta (la versión de Fernando Arrabal en bodeguero: podía hablar sin abrir la boca y murió de viejo con más edad de la que confesó).
Cuando lo conocí, con un supermercado a dos minutos a pie, la conexión a Internet del colegio mayor, rodeado de universitarias, con un comedor a mano y disponibilidad de amigos, Juan Ortega estaba aprendiendo a vivir en la civilización. Trataba de tener el control de todo; hasta de sus movimientos. Alguna vez, cuando ya tuvimos confianza, lo encontré repasando un cuaderno antes de tentar. Era un opositor de su propio cuerpo.
Sin embargo, cuajar toros —la sucesión de metas volantes de la carrera de un torero— consiste en civilizar una embestida haciendo el salvaje. A ver. Es complicado. Pero es que en la tonificación de una figura del toreo hay muchísimas contradicciones. Juan Ortega ha emprendido, delante de los toros, el camino contrario: está siendo el salvaje de entonces para intentar acercarse al ideal del torero que fluye.
La faena al toro de Victoriano del Río, en la Feria de San Miguel, tuvo esa ebullición. Y la de Colmenar. Y la de la goyesca de Aranjuez. Y la de Málaga. Y la de El Puerto de Santa María. Y la de Albacete. Y la de Bilbao: zambullirse en una bronca de vez en cuando facilita la compresión de que el toreo es una artesanía y no una industria.
Doy aquí por finalizada la conexión hagiográfica de la semblanza.
En Los Monasterios, la finca donde empezó a fraguarse ese asunto inexplicable de querer torear, Juan Ortega, este torero que ha bajado una velocidad a los toros, se aficionó a la leche de cabra. También lo he visto trepar por el cercado de los toros. Bear Grylls, el último superviviente, no era el último superviviente. Por aquellos montes quebrados había cambios de rasante. Durante la subida era difícil averiguar qué habría detrás. Podría haber piedras, otro tramo de piedras, o más piedras, o un toro al acecho, emboscado, del que sería imposible escapar si, al final del último tramo de subida, aparecía en la cima un desfiladero de pitones.
Con toda la confianza del mundo, como si pudiera susurrar a estos bichos que habían dejado descendencia sin documentar en las simas de los acebuches, partía el monte. Repetir sus movimientos requería de cierta entereza. Un disimulo extraordinario para aparentar normalidad al seguir sus pasos a través de la selva que teníamos a mano.
Los empollones de la Facultad de Derecho nunca habíamos necesitado sentirnos tan vivos, y en aquellos días sin cobertura, pude cumplir con las obligaciones que impone la afición a los toros cuando traspasas el umbral de la teoría. Juan Ortega tenía claro que en su vida no habría ninguna Torre Pelli donde poner a cargar el ordenador. Por esa influencia tomé algunas decisiones, como agotar las mañanas de los días laborables en la sesión matinal que ofrecen los cines de Bravo Murillo. O trasladar el trabajo a las noches. O montar una redacción nocturna los martes en la discoteca Amante.
Un verano, en lo que ahora ya parece otra vida, Juan Ortega apartó una utrera jabonera. Cumplía algunos tópicos: los pitones eran dos alfileres. En la plaza de tientas, a la que quitábamos la hierba antes de empezar, estábamos dispuestos los dos. Bueno. Estaba dispuesto él. Como ayudante, banderillero improvisado, yo tampoco servía: era un tipo con lentillas que a duras penas podía mover los pies instalados en las botas camperas. A solas, como si tuviera que auxiliarle llegado el caso, cuajó la vaca con la fluidez del inexperto. Hablar de inocencia, como hacen muchos toreros, resulta un tanto cursi.
Ahora, al caminar por las afueras de Sevilla vestido como los clásicos, en la contradicción del hombre de su tiempo que debe comprender los vicios actuales —la adicción a la felicidad, la complicidad con la autoayuda, la idealización de las mascotas, la desacralización de la muerte como si fuese otro virus contagios— para ofrecer un bocado de clasicismo en un mundo sin jerarquías, veo al amigo del que no me gusta escribir que está en el camino de ser el torero salvaje del que voy a escribir siempre.
Juan Diego Madueño es periodista

