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El acoso

LOS INSULTOS EN LAS PUERTAS de las plazas de toros; la financiación holandesa para erradicar las corridas en Europa; una prohibición; los jóvenes capaces de viajar de feria en feria saltando a los ruedos, abandonando a sus familias mientras acumulan detenciones y multas; todos los cubos de pintura roja vertidos sobre los cuerpos desnudos; las miradas de odio y el desprecio; las pancartas, esas maravillosas consignas, la tan exitosa “La cultura no es tortura” con un tempo pegadizo, casi bailable; el cosquilleo cuando alguien confiesa inesperadamente; el runrún de los medios de comunicación, ansiosos por saber dónde, cuál va a ser el último toro, el próximo torero muerto; la reducción del toreo al morbo, al acoso, ha convertido a esta época en la mejor para ser aficionado a los toros. Gracias a los antitaurinos la tauromaquia ya es contracultura, una persecución extraña donde el grupo más numeroso huye da un barniz rebelde al hecho de comprar una entrada: nunca había sido tan fácil ser revolucionario, hacer algo completamente rompedor.

Todo cambió en los primeros años de este siglo cuando una manifestación antitaurina en Sevilla alcanzó la puerta de La Maestranza, capaz de llegar a nuestra orilla más soleada. Por el paseo de Colón avanzaba la inexplicable marcha insultando a su paso, marcando el inicio de lo que venía. En el silencio de la plaza se escuchaba un megáfono que espantaba los vencejos. Los que estaban dentro, apretados en la loza del tendido, pasaron a ser punkies, formales, con hijos, trabajos y obligaciones, ¡rutinas!, pero antisistemas. Empezaba a ser exótico pasear con una almohadilla, acudir a las tertulias, sorprender a otro aficionado en una conversación.

Una batucada retumbaba por Córdoba directa a la plaza de toros. Había caras conocidas, mascotas, y una sensación de fin de era, estremecido el bronce de los cinco califas, amenazada la feria de una semana. Más tarde, en Valencia una piedra dió en la frente de una mujer que entraba a la plaza, un lamparón sanguinolento le recorría la camisa. Pontevedra resiste sola en Galicia. La reapertura de la Santa María en Bogotá se convirtió en una batalla campal, asediados los aledaños. El ayuntamiento de Madrid eliminó de su web la Feria de San Isidro, pendiente Las Ventas de una peligrosa remodelación.

El debate es inextinguible, los toros forman parte de las trincheras de las dos Españas. Durante los últimos diez años el toreo ha vivido envuelto en argumentos, cifras macroeconómicas. A los toreros se les ha sacado a la calle, prácticamente disfrazados, señalados por los taurinos. “Mira, mira, son interesantes”. La palabra cultura se ha gastado. Ha sido la época dorada de las mesas redondas. Se han enseñado las ganaderías y ha habido cierto debate interno. Lorca y Goya han cumplido ya su función.

Lo que ha ocurrido es perfecto para la estrategia de la campaña que pretende pulverizar las corridas porque toda la defensa cae en el error de circunvalar evitando lo fundamental, la diferencia.

Paradójicamente, la sangre, la muerte, la veneración al toro bravo, lo más difícil de explicar, el complicado discurso donde la lidia hace pie, se utiliza como mensaje contrario y es fácil de asumir, sustentado por imágenes descontextualizadas de toros agonizantes. Es blandito, un fast food intelectual con el que es imposible no sentir pena al ver esas fotografías si es la primera vez que te encuentras con ellas. Sangra un toro, ¡ay! Esa lluvia fina es tan eficaz que ha calado en todas partes, empapando cualquier idea.

Un toro embistiendo al caballo ya no es una estampa salvaje, el Serengueti ibérico; es cruel.

Perfilado para echarse sobre el morrillo, el matador ha dejado de ser un héroe y se le llama asesino. La dominación de la técnica, la capacidad del torero actual, se ve como un abuso y no como un hito. El animal saliendo de chiqueros, arrollador, desmelenado y furioso, que ha marcado tradicionalmente la épica del momento, muestra ahora a un bovino limpio que corretea alegre y sin dolor como si el ruedo fuese una pasarela de praderas. El núcleo donde está fundado el toreo se está utilizando para fundirlo.

Existe un choque entre mundos. La cultura mediterránea corre el peor peligro: convertirse en un Starbucks. Por eso el acoso anti hace tiempo que dejó de ser una revolución. Ha tenido tanto éxito que le ha dado la vuelta a la situación. Ya es una reacción a una concepción diferente de la vida y ahí el aficionado se convierte en algo que proteger. Los que acuden a una plaza tienen ahora un aire de liberto, más sofi sticados que hace una década. Una pose respetuosa, libre de prejuicios, tolerante por contraposición a lo sufrido. Los aficionados toman toda su dimensión durante el festejo, son personas mejores, se podría decir, al menos por el análisis: apenas ya hay gente capaz de entender lo que sucede en la arena. Hay que estar muy concentrado. Las plazas de toros acogen a una élite que desmenuza el comportamiento de un bicho y los movimientos de un artista dentro del proceso inalterable que constituye el rito, un tesoro, con la muerte vagando silenciosa.

Pero en realidad el aficionado no ha hecho nada diferente que en los últimos dos o tres siglos. Ese cambio de percepción se le debe al antitaurino y su violencia.

La oportunidad es perfecta para ir –volver– a los toros, coincidiendo, además, en el tiempo tres circunstancias favorables al toreo. Cristina Narbona –la nueva presidenta del PSOE– ha hecho una predicción sobre el final de las corridas. “Las corridas de toros desaparecerán de España, es sólo cuestión de tiempo”. No hay nada más taurino que eso. Los empresarios llevan años avisando. Incluso hay periodistas taurinos que viven de vaticinar el fin: jamás se les acaba el trabajo a ninguno de los dos. Existe el PACMA, a punto de acceder al Congreso, el primer partido político situado en frente de los ciudadanos, creado para rebajarlos, situarlos al nivel de los animales, ceder alegremente derechos. Y en Baleares, la nueva ley que regula las corridas de toros, ha cruzado una frontera inédita, cometiendo los antitaurinos el error de regular la corrida, modifi cando la lidia creyéndose su propia posición, gustándose, vaya, y convirtiendo el espectáculo en una perversión, una representación patética. Radiografiando las intenciones de todo el movimiento. El animal no les importa: si desde que comenzó este acoso habían faltado el respeto sólo a las personas, ahora han logrado lo impensable, faltárselo también al toro bravo.

JUAN DIEGO MADUEÑO es periodista. Escribe en el periódico digital El Español.

NÚMERO DOS. OTOÑO. SEPTIEMBRE – DICIEMBRE. 2017