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Ebullición de América

François Halard

De largo. De tercio a tercio, por encima del mar, la tauromaquia se crece y multiplica en América más allá del calendario cíclico, de los círculos concéntricos pintados sobre la arena del mundo: al tiempo que cambian los climas y se cierra la temporada española, se parte plaza en México, Colombia y Perú.

Hablamos de un alargamiento: el de las embestidas lánguidas que prolongan el olé en el tendido, allá donde aún se puede torear al hilo del pitón –e incluso retrasar la pierna de salida para alargar las suertes y ahondar en el misterio de una embestida que crece y se alarga. Decía Paco Camino que quién sabe si da más miedo aguantar la feroz tangente de un Atanasio que parece ferrocarril entrando por Atocha o soportar los eternos segundos que tarda en pasar un San Mateo embebido en los vuelos de una faena que expande los minutos.

Entre la ebullición de la América torerista y la Fiesta que parece esfumarse mientras más se acerca al imperio norteamericano, tan lejos de los cánones toristas de la Península, del afán por exagerar en el peso de los bureles el trapío que llevan ya tatuado en su respectiva casta y lejos de la reglamentación estricta, en América parece vivirse la combinación de una afición que se evapora y la exagerada ebullición de algunas epifanías. Las plazas se llenan en muy pocas ocasiones, pero con banderillas de lujo y celebraciones entusiastas, al tiempo que el toreo verdad sigue destilando en los carteles los nombres aún anónimos de toreros que optan por la hondura, la variedad ilimitada en los quites como guirnaldas de un ramo que podría volverse luctuoso. En América aflora nuevamente esa llamativa diferencia del Cono Sur, entre la América de San Martín europeizada y pastueña, pasteurizada y ajena a la Fiesta y la América de Bolívar de sangre caliente y remates andaluces en plena selva de inventiva

América polifacética y sorprendente donde los diestros españoles lidian en general animales y encornaduras que quizá habían enfrentado en sus años de novilleros sin caballo, aunque cobren en paraísos fiscales algo más o igual al caché que han logrado alcanzar en la metrópolis; América de la constante rivalidad que se inicia desde que parten plaza los toreros que aspiran a competir en los ruedos del mundo con las leyendas que cecean.

Entre el espasmo ocasional que provoca José Tomás cada vez que decide torear en México (sin confirmar su posible vuelta a España), la afición de América ha presenciado una suerte de renacimiento de su fervor en Perú, gracias al vendaval llamado Andrés Roca Rey y en Colombia se ha vivido la afortunada reapertura de la Plaza de Santa María de Bogotá, mientras que nadie sabe en dónde queda la fiesta en Venezuela.

Todo esto es el biombo multicolor y multicultural de la tauromaquia en Hispanoamérica, espejo y ventana donde se refleja y refracta nuestra afición en su punto de ebullición: temperatura que se debate entre la renovada ilusión constante y el riesgo de su propia evaporación, al filo del imperio que pretende izar un muro contra la eñe y todo lo que nos distingue.

Aquí se templa ese vértigo, con la muleta planchada y cargando la suerte… se prolonga el viaje con leves giros en redondo y se alarga la voz del tendido; el mundo se para de pronto y todo está por comenzar.

NÚMERO TRES. AMÉRICAS. ENERO – ABRIL, 2018