m
Post Recientes

– Esto ya no es lo que era – La afición no decae

Esto ya no es lo que era

 

Desde hace más de siglo y medio se repite, con idéntica convicción, que la afición a los toros está en decadencia. Se afirma que ya no hay el entusiasmo de antes, que los toreros no alcanzan la altura de los antiguos, que los toros ya no son toros, que el público ha perdido criterio y que el arte verdadero se ha diluido entre abusos, ignorancia y fraude. Nada de esto es nuevo. Lo nuevo, en todo caso, es creer que lo es.

Nuestra nueva sección titulada Esto ya no es lo que era nace con una intención muy concreta: recuperar textos de la prensa taurina de finales del siglo XIX y comienzos del XX para mostrar que el viejo lamento por la decadencia acompaña a la Fiesta desde hace generaciones. Antes de Joselito y Belmonte —la llamada Edad de Oro— ya se hablaba de toros chicos, de falta de peligro, de públicos incapaces de distinguir lo bueno de lo malo y de un arte que habría perdido para siempre su pureza original.

El artículo que reproducimos en este número, publicado en La Lidia en 1896 y firmado por J. Sánchez de Neira, es ejemplar en ese sentido. El autor parte de una queja ya por entonces muy extendida —la supuesta decadencia de la afición— para desmontarla con un argumento que resulta hoy sorprendentemente actual. Según Sánchez de Neira, la afición no sólo no disminuye, sino que crece de manera desordenada y acrítica. Las plazas se llenan, los ídolos se suceden con rapidez, los novilleros son elevados prematuramente y el entusiasmo popular no encuentra freno.

El problema, sostiene el articulista, no es la falta de público, sino la falta de inteligencia taurina. No escasea la afición: sobra. Y ese exceso, unido a la pérdida de referencias técnicas y artísticas, ha pervertido el gusto. Se aplaude lo fácil, se confunde inmovilidad con verdad, se celebra lo aparente y se silba lo que exige conocimiento. El severo diagnóstico no exculpa a nadie: ni toreros, ni público, ni sistema.

Ciento treinta años después de su publicación, el lector reconocerá en estas líneas muchas de las discusiones actuales. Cambian los nombres propios, pero no los argumentos. Precisamente por eso estos textos siguen siendo útiles: no para idealizar el pasado ni para mirar atrás con estéril nostalgia, sino para relativizar la idea de una decadencia excepcionalmente contemporánea.

Publicamos este artículo, prácticamente en su totalidad y tal como fue escrito, no como pieza de museo, sino como espejo incómodo. La historia de la tauromaquia no es una sucesión de edades de oro interrumpidas por crisis y caídas repentinas, sino un debate permanente sobre qué es el arte, quién lo entiende y cómo se transmite. Y ese debate —como demuestra este texto de 1896— viene de lejos.

La afición no decae

 

Con más o menos fundamento viene diciéndose desde hace muchos años que la afición a las corridas de toros está en decadencia, y que no hay aquel entusiasmo que supieron despertar entre la muchedumbre los célebres diestros cuyos nombres pertenecen a la historia. Recordábase a Montes cuando trabajaba Cúchares, para notar en éste deficiencias; hablábase con igual fin del Tato y el Gordito, estableciendo notables distancias entre estos y el Chiclanero y Cayetano; y ahora compárase el mérito del famoso Lagartijo y del inolvidable Frascuelo, con el de Mazzantini y Guerrita, a fin de sacar consecuencias favorables a los primeros: deduciendo de todo que la afición va a menos, por el menor valor que tienen los diestros actuales.

Es una verdad, que, a excepción de Montes, que no necesitó estímulos de ninguna clase para ir más allá de lo que pudiera desear el público más exigente, la emulación entre los lidiadores antedichos les hizo avanzar tanto en su carrera, que a eso deben principalmente sus adelantos y el acrecentamiento de su fama; pero también es innegable que, lejos de amenguar la afición a las corridas de toros en el pueblo español, ha ido aumentándose y creciendo de día en día, hasta un punto de que no hay posible comparación con épocas anteriores. Por ver a toreros como Algabeño y Villita, que no pasan de ser muchachos de esperanzas, pero no de realidades hoy por hoy, se congregan en nuestra hermosa Plaza de la calle de Alcalá, doce o catorce mil personas que pagan bien caras sus localidades, ni más ni menos que cuando entusiasmaban al público con su habilidad y sus proezas, Lagartijo y Frascuelo.

Y esa aberración que no dudamos en calificar hija del mal gusto, demuestra claramente que la afición no decae, sino que va en aumento. Basta que un novillero aventajado sea atrevido y valiente, y tenga suerte en seis funciones estoqueando una docena de toros, para que el pueblo le ensalce, buscando en él un ídolo y le aclamé, haciendo retumbar con sus vítores y aplausos, las bóvedas de la Plaza. La razón no hay que buscarla más que en el carácter del pueblo español, veleidoso, impresionable, que exagera siempre el mérito de los que empiezan, y censura, si no los relega al olvido, a los que animó cuando inauguraron su carrera.

Hay quien coloca a Guerrita muy por encima del formal y elegante Lagartijo. Mañana dirán, sino lo dicen ya hoy, que Reverte o Bombita valen más que otros anteriores, y así va sucediéndose, siempre del mismo modo y por iguales procedimientos, el curso de las funciones taurinas, sin que decaigan porque las falte toreros determinados, ni por abusos de empresas, ni… aun por mala clase del ganado que se lidie.

Afición hay de sobra, lo que no hay es inteligencia para distinguir lo bueno de lo malo. El exceso de aficionados está en relación directa, mejor diremos, en perfecta armonía con la falta de arte en los toreros. De tal modo se ha pervertido el gusto; de tal modo la ignorancia se ha entronizado, que vemos aplaudir al que capea de costado, nada más que porque no mueve los pies, sin tener en cuenta que las verónicas, para serlo, son colocado siempre el diestro frente a frente del toro, dándole con los brazos salida a un lado, y girando los pies cuantas veces sea necesario, para colocar el hombre su pecho en línea recta al testuz; y de aquella manera abusiva de torear, hay plétora en los toreros modernos; y el vulgo en general lo da por bueno, y se conforma con que le den gato por liebre, saboreando con fruición manjar tan despreciable.

Son las corridas de toros una fiesta de la cual todos los espectadores creen saber los más escondidos secretos y más pequeños detalles; y es precisamente de tal naturaleza, que nunca se aprende de ella todo lo necesario, si a verla se va a jalear, gritar, silbar o aplaudir desmesuradamente, juzgando sólo por las impresiones del momento. Eso hace la gran mayoría de aquellos, y por lo mismo se vuelven locos de entusiasmo cuando un torero toca el testuz del bicho, y silban cuando el espada, entrando y saliendo bien, ha dado un pinchazo en hueso. El caso es que todo ello es lógico, y no puede ser de otro modo; porque es imposible hacer entender de tauromaquia a tanta gente como asiste a la fiesta, renovándose en todas las funciones, ni es cosa de dar lecciones de tal arte en las escuelas públicas. Pues bien; si no entendiendo de ello va gente en abundancia a presenciar las corridas, ¿puede dudarse de que hay mucha afición? Si los que vieron a los maestros pasados, considerándolos irreemplazables, no dejan, a pesar de los recuerdos, de ver y alabar a los modernos, ¿no demuestran con su conducta su afición? Si se tiene como una contrariedad la noticia de que un diestro, por cualquier causa, no puede actuar en una corrida, y se habla de ello con calor y apasionamiento, ¿no es señal evidente de que hay afición?

No está, no, en decadencia la afición, sino el arte verdadero, el arte que explicaron los grandes maestros; el que practicaron Montes, el Chiclanero y Cayetano: si con la afición, que —dígase lo que se quiera— va en aumento, naciese al mismo tiempo un torero que hiciese ver en el redondel lo que era la lidia hace cincuenta años, ¡cuánta diferencia en contra de lo que hoy se ejecuta hallaría el curioso observador!

J. SÁNCHEZ DE NEIRA (Madrid, 1823-1898) fue cronista taurino (La Lidia, 15 de junio de 1896)