PREMIO MINOTAURO AL TORERO DEL AÑO 2025
José Bergamín no llegó a ver torear a Morante, pero el torero sí ha leído al poeta y hace unos años prologó incluso una nueva edición de El arte de birlibirloque, ese que, según Bergamín es el que «en toda acción y obra del hombre, Dios pone siempre la mitad. O no la pone y tiene que ponerla el diablo».
Dios y el diablo se conjugaron en la temporada 2025 para que Morante transitara por ella de asombro en asombro, con dos hitos entre muchos: la Puerta Grande de Las Ventas el 8 de junio y, en el mismo escenario, el arrebato de un adiós —que luego no fue tal— el 12 de octubre. Hubo más, mucho más diría, en el medio centenar de corridas toreadas, con el paréntesis de un mes tras cogida en Pontevedra.
Feria de Abril en mayo y La Maestranza rendida una vez más a Morante, que se puso el mundo por montera —esa montera dieciochesca que sólo él puede llevar— y en el cuarto toro de la tarde del primer día de mayo un primor capotero hizo arrancarse a la banda del maestro Tejera, acompañamiento musical de una faena de muleta que fue regalo para el público y bendición para el toreo.
De Sevilla a Jerez de la Frontera para cortar orejas y rabo a un toro de Álvaro Núñez, después de torear con desgarrado arrebato. Ya en Madrid, Corrida de la Prensa, media docena de verónicas que fueron caricia y quietud; quite a cuerpo limpio a un banderillero vasito de agua en mano sin derramar ni una gota. Fueron los prolegómenos a una faena que resultó prodigio de principio a fin y que sólo la ceguera del inquilino del palco dejó sin premio orejil.
Tras torear poesía en Nimes, llegó la Beneficencia para, por primera vez en su carrera, salir a hombros calle Alcalá arriba —sólo la policía impidió seguir la procesión laica hasta el hotel—, entre vítores y gritos sincopados con su nombre incluidos. Había cortado una rácana oreja a su primero después de una faena que fue puro compás y, pese al empeño de los guardianes de las esencias por impedirlo, sumó otra en el cuarto, sobreponiéndose a estos y a sus «miaus»; gatos que acabaron escondidos en su silencio y escaldados entre clamores.
Ya de noche, la imagen de Morante —batín de raso y cierto aire pontificial— asomado al balcón del Wellington quedó para la historia. Esa misma historia que estaba escribiendo a pie firme sobre las arenas de las plazas de toros y que seguiría en Salamanca, La Línea, Toledo, Granada, León, Alicante, Pamplona —también su primera puerta grande sanferminera—, Santander, Azpeitia, la cornada en Pontevedra, El Puerto —enfrentamiento incluido con Roca Rey en el callejón—, Palma de Mallorca…
Las paces con el torero peruano se firmaron en la Feria de San Miguel y, tras ser baja en el Pilar zaragozano por una voltereta en Úbeda, llegó la doble cita del 12 de octubre en Madrid: festival pro monumento a Antoñete por la mañana y corrida por la tarde.
Un cúmulo de emociones desbordadas en ambas citas culminaron en un corte de coleta que no fue tal: ni en la forma —se desprendió él mismo del añadido—, ni en el fondo, pues apenas tres meses después se anunció su regreso en Sevilla, el Domingo de Resurrección, claro. Dijo «adiós» en Las Ventas y dirá «hola» en La Maestranza. Hay quienes se lo toman como afrenta imperdonable y pecado de lesa tauromaquia; otros recuerdan tantas retiradas, cortas o largas en el tiempo, que luego fueron regresos triunfales —Antoñete y su gloria de los años ochenta entre ellos—, y también están aquellos que celebran el alivio de luto interior y ya cuentan los días para el reencuentro. Con su arte de birlibirloque, Bergamín hace referencia a un tipo de toreo mágico, artístico, poético y espiritual que desafía toda lógica racional. Morante, torero birbiloquesco, quedaría definido así: «El arte de birlibirloque se lo salta todo a la torera».
PACO MARCH es periodista y crítico taurino
