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Sanchez Mejías, Urtasun y el 27

Ignacio Sánchez Mejías no fue un torero ilustrado, sino la ilustración misma de un torero que decidió emanciparse del tópico, desafiar la caricatura y convertirse en una figura anfibia. Que si moderno y clásico. Que si dandi y atleta. Que si mecenas y activista. Su nombre aparece en la genealogía de la Generación del 27 no como una nota al pie, sino como una firma espesa en tinta de hemorragia.
Por todas esas razones sorprende que Urtasun haya pretendido adulterar las evidencias como si la historia fuese un lienzo disponible para el retoque ideológico. El ministro de Cultura, tan dispuesto a ejercer de restaurador como de censor, parece empeñado en convertir a Sánchez Mejías en un figurante de la trama.
El más sesgado de los decretos no puede arrebatar a Ignacio Sánchez Mejías la posición de anfitrión, impulsor y catalizador. Sin su iniciativa no habría habido homenaje a Góngora en el Ateneo de Sevilla en 1927, o al menos no habría tenido la resonancia que lo convirtió en el bautismo oficial de una generación inquieta.
Fue él quien abrió las puertas, quien puso los recursos, quien entendió —con una intuición que ya quisieran muchos gestores culturales contemporáneos— que la modernidad española necesitaba un escenario, un gesto, un acto fundacional. Y lo hizo sin pedir nada a cambio, salvo la satisfacción de saberse cómplice de un renacimiento literario al que aportó una curiosa obra teatral freudiana.
Rubén Darío había traído el modernismo. Ortega había diagnosticado la deshumanización del arte. Pero fue Sánchez Mejías quien proporcionó el espacio físico y simbólico para que Lorca, Alberti, Guillén, Salinas, Cernuda o Aleixandre se reconocieran como cofradía estética en los temblores de entreguerras.
La figura de Sánchez Mejías incomoda porque desmiente los compartimentos estancos. No encaja en la narrativa simplificada que algunos pretenden imponer: la del torero reaccionario frente al artista progresista. Fue ambas cosas y ninguna. Fue un hombre de su tiempo y, al mismo tiempo, un adelantado. Se retiró de los ruedos para estudiar, para escribir teatro, para dirigir el Betis, para viajar a Nueva York, para frecuentar tertulias donde se hablaba de futurismo, de Klee, de Stravinsky. Y volvió a los ruedos por una mezcla de nostalgia, desafío y fatalidad que acabaría costándole la vida.
Su muerte, además, no sólo inspiró la elegía más estremecedora de la poesía española del siglo XX —el Llanto de Lorca—, sino que convirtió al propio Sánchez Mejías en mito que no se deja domesticar. Un mito que recuerda que la cultura española es mestiza, contradictoria, plural. Y que la Generación del 27 no surgió de un laboratorio académico, sino del encuentro entre la tradición y la vanguardia, entre el ruedo y la biblioteca, entre la fiesta y la inteligencia.
Por eso resulta tan pueril, tan empobrecedor, intentar reescribir su papel a medida del dogmatismo presentista. La historia no necesita guardianes ideológicos, sino lectores atentos. Y cualquiera que lea con atención descubrirá que Ignacio Sánchez Mejías no fue un invitado ocasional en la génesis del 27. Fue el motor original y su primer mártir. Pretender lo contrario es como negar la luz del mediodía: un ejercicio de voluntarismo que sólo consigue dejar en evidencia a quien intenta manipular los pitones.
RUBÉN AMÓN es presidente de la Peña Antoñete