Cuando el toro surge de la manga de toriles, cuando salta al ruedo el luminoso animal oscuro desde la sombra pastoral de los corrales, suele acontecer que los expertos inicien una ardua labor adivinatoria: de su comportamiento inicial, y sobre todo de su trapío, empiezan a deducir, con ayuda de un lenguaje tan hermético e inexacto como la poesía, la probabilidad de su inminente juego en la lidia.
Yo quisiera detenerme en ese instante, escuchar el ovillo de palabras y formulaciones verbales que suelen lanzarse al ruedo sobre la imagen del rey de los bovinos, considerar atentamente esos minutos que preceden al inicio de su lidia, el toro un satélite enloquecido en busca del astro que lo centre, aún íntegro en la arena. José Bergamín, sentado en la andanada, en la alta distancia desde la cual sólo puede revelarse el prodigio de aquella geometría, a la vez orgánica y ceremonial, solía satisfacerse con una palabra más escueta que la de los hermeneutas taurinos, y apenas salía al ruedo un toro mayestático decía, para sus adentros, simplemente: «no somos nada».
Lo que puede o no surgir con el toro cuando sale por la puerta de toriles, y lo que invita a abundar en las palabras que lo describen, es la evidencia muda de su elegancia y trapío.
Los arcanos de la tauromaquia tienen en el archivo de sus memorias suficientes elementos para dirimir sobre el asunto, pero no llegan a un acuerdo. En general, se asoma un consenso polisémico, pues a falta de una definición unitaria que permita identificar sin ambigüedad lo que se quiere decir con la palabra trapío, sucede con ella, si se me permite la herejía, como con la palabra dios, al uso de la cual nadie en rigor conoce lo que dice, aún cuando todos sepamos lo que con ella estamos señalando.
En un libro reciente —L’élégance animale. París, Minuit, 2025—, no por breve menos brillante, mi amigo Bertrand Prévost —admirable historiador del arte, músico, restaurador, cocinero y relieur exquisito— se ha puesto, en la estela del gran biólogo suizo Adolf Portmann, a pensar el tema fascinante de la elegancia animal. Creo que quienes intentamos pensar y escribir el toreo —ese trampantojo de la verdad y la vida— podemos encontrar iluminaciones inéditas en la obra de autores como Prévost o Portmann, cuyo descubrimiento debo a los ensayos de mi amigo.
El gran biólogo suizo, autor de un libro fundamental titulado La forma animal, seguramente lo ignoraba todo de nuestra ceremonia taurina. Pero su pensamiento pudiera interesarnos en cuanto es una reivindicación radical —opuesta al utilitarismo evolucionista— de lo visible en biología, un pensamiento de la apariencia según el cual «la vida animal […] no obedece solamente a las necesidades de la conservación, sino que, por razones que pueden parecer enigmáticas […] también responde a algo como una necesidad de aparecimiento, de manifestación, en el campo de lo visible, en el lenguaje de las formas sensibles, de la especificidad del animal» —en palabras de Jacques Dewitte [Adolf Portmann, La forme animale. París, Éditions La Bibliothèque, 2013].
El misterio del toro de lidia —y el prodigio de su inverosímil sobrevivencia en el presente, sólo atribuible a la persistencia de los juegos y ritos taurinos— tiene mucho que ver con la realidad de la expresividad animal. Argumento de peso filosófico contra la sensiblería del día que sueña ilusoriamente lo incruento en el más cruento de los mundos, la ceremonia taurina tiene por objeto, en grado sumo, insuperable, desvelar la expresiva especificidad del toro bravo. No engañan las palabras más usuales, de matadores y aficionados, que tanto hincapié hacen en el tema de la expresión, del torero que busca expresarse con el animal o del toro mismo que se expresa en su temible acometividad y presencia.
La mirada copernicana de Portmann habrá consistido, según lo describe Prévost, en suspender «pura y simplemente todo principio explicativo o funcional» para ubicarse «bajo el horizonte de una inutilidad fundamental, de una soberana gratuidad de las formas animales». Hay en ello una resonancia metafísica radical, la sospecha de que existe en el mundo natural, más allá de todo funcionalismo de conservación y sobrevivencia, un ámbito del aparecer puro, de apariencias sin otra función que el mismo aparecer —plumajes, estratos, pelajes, cornamentas, genitalia—. Son estas apariencias indestinadas que, en general, responden a la evidencia de lo que Portmann llamaba la autopresentación animal (Selbstdarstellung), conceptos ambos que, manejados con absoluto rigor científico por uno de los más grandes biólogos del siglo pasado, inauguran un conocimiento de la vida orgánica desde la perspectiva de su «visibilidad intrínseca», cuyas consecuencias filosóficas ya supieron entrever desde temprano pensadores como Maurice Merleau-Ponty o Jacques Lacan.
Yo, en mi cotarro profesional, me he interesado por este concepto de apariencia indestinada porque creo que existen en el campo de la historia del arte —inexplicadas hasta ahora— una miríada de «formas sin destino», apariencias accidentales, conformaciones involuntarias, tan eficaces o significativas como aquellas producidas intencionalmente por ese constructo romántico, el individuo monumental, sujeto-artista-genio, conductor esencial de una persistente ideología de la modernidad.
Pero volvamos al sobrecogedor e imponente toro que acaba de saltar al ruedo.
En un capítulo particularmente iluminador de su libro, Bertrand Prévost afirma: «si los animales son personas, entonces lo son en un sentido muy particular y especialmente antiguo en verdad: no del todo como sujetos soberanos (y todo aquello que la noción de persona recubre más o menos desde la modernidad filosófica), sino más bien como dominium, como estructuras apropiativas, conjuntos de pertenencia, con atributos que brillan hasta en sus más suntuosos colores. Así el único sentido de una ética animal es quizás sólo existir por sus propiedades, comportamentales y estéticas».
Quisiera detenerme sobre esta idea del dominium, contra la noción de persona (prosopon/protiopon), en el caso del toro de lidia, animal que se distingue, si hay alguno, por la potencia serenamente agresiva de su autopresentación. Porque lo que el toro hace al salir de toriles es simplemente poseer su espacio, definir su pertenencia a una coordenada, delimitar su dominio, como querencia o contra-querencia, marcar con su movilidad orgánica un sistema de coordenadas que se identifica con su propia apariencia, como si en el toro el estar fuese la plenitud del ser.
La autopresentación animal, que en tauromaquia no puede sino llamarse trapío, no es más (ni menos) que este dominio ontológico de la presencia: pura expresividad autosuficiente e indestinada, exceso de visibilidad y antifaz de una existencia sin destino, sin función, cósmica en el sentido de su inmanente poder cosmético: si no, ¿cómo distinguimos en términos funcionales al zaíno del ensabanado, al corniveleto del bizco, al ojo-de-perdiz del calcetero, al bajo del hondo?
De esta biología de la apariencia se deduce, también, una anterioridad vital, premetabólica del animal, como si en lugar de existir a causa de sus funciones metabólicas los animales estuviesen, o fuesen, soberanamente indiferentes, agentes de un metabolismo que —como un a priori— tendría lugar para que —en palabras magníficas de Portmann— «la particularidad que se realiza en su relación a lo existente y la presentación de sí mismos posean durante un cierto tiempo una duración en el mundo».
Anterioridad del plano vital expresivo —arguye Prévost— sobre el plano orgánico metabólico en el mundo animal que se confirma a nivel de la macro-evolución en fenómenos de hipertelia: desarrollo extremo de osaturas, cornamentas monumentales, inmensidad de genitalia, apéndices hiperdesarrollados, coloraciones contrastadas, exuberantes pelajes, etcétera: extravagancias morfológicas que pueden llegar, en algunos casos, a poner en riesgo la especie, o el individuo en cuestión, generando perturbaciones funcionales.
Prévost propone, entonces, «pensar al animal como individuo apareciente».
Salto de toriles, relámpago de surgimiento, ínfimo minuto —eterno— del caballo: la corrida abunda en instancias cuya finalidad sin fin —para decirlo con Kant— se desdobla en el aparecimiento imponente de la expresividad animal —toros y caballos— en medio de la cual el humano intenta encontrar un intersticio para su propia expresión, en el borde entre vida y muerte. Porque de todos los animales en la arena, el hombre es el único que sabe ser consciente de su mortalidad, único animal capaz de evitar facultativamente, si sólo temporalmente, a la muerte. Colocándose pues con el señuelo del engaño en el corazón de la suerte ante la impulsión del animal que no sabe evitar su muerte, el torero puede llegar a expresarse —para alguien— haciendo que la expresividad para nadie de las bestias —su puro dominium— alcance un sumo grado de visibilidad.
Ante la belleza indestinada del animal habría, entonces, que pensar el vestido del torero, el traje de luces, atuendo no-mimético del animal humano que decide, soberanamente, como persona, no como dominium, hacerle frente al animal pre-humano, animal-que-estaba-antes, y con ello hacerse intencionalmente expresivo, en el exceso de luces de su traje inútil y anti-funcional, contra-imagen del aparecer indestinado que es la estampa de los animales que enfrenta, esperando desde la expresividad luminosa y refulgente que le confiere su vestido que aquel animal manifieste, con su presencia, toda la potencia —vital, si sombría— de su cifrada expresión orgánica.
Interesa, sobremanera, la distinción que hace Prévost: no es la persona, el prosopon griego, a saber, aquello que se opone a los ojos de otro, implicándolos, lo que resplandece en la elegancia de las bestias, por ejemplo, en el trapío monumental del toro de lidia, sino la absoluta indiferencia de su belleza —cosmos, cosmética— que no existe para alguien o que existe para nadie, que no presupone ni se opone a ningún (otro) ojo. El toro, como las tormentas, como los temblores de la tierra, como las mareas, es pura presencia indestinada y abrupta de la naturaleza que no cesa de surgir, poseyendo sin posesividad la realidad sobre la cual domina, hasta catastróficamente.
Es sabido que los animales, especialmente aquellos que han escapado al doblegamiento de la domesticación, surgen, aparecen, saltan, nos sorprenden. Responden, como toda la naturaleza, al orden de lo surgiente y su encuentro con nosotros —recuerda Prévost— «permanece vinculado al régimen de la irrupción, del breve suspenso y de la huida». Habría que pensar entonces, si el animal responde a la impulsión natural de lo surgiente, que hay en él una invisibilidad primera; porque el régimen de lo repentino surgiente es la faz de una realidad cuyo reverso no es otro que el régimen de lo oculto, desde donde surge, y que la complementa.
Así, cuando el toro salta de la manga de toriles, cuando viene a aparecer en el ruedo el luminoso animal oscuro desde la sombra pastoral de los corrales suele acontecer que se reproduce el brutal surgimiento del animal invisible que florece en el corazón de su inesperada presencia, en la coordenada sobre la cual al estar hace suya, instante sin transición donde se manifiesta como colmo de su propia abrupta visibilidad. Con ello el toro de lidia, animal gregario y espacialmente soberano, al salir de toriles llega a ser, expresivamente, su propio territorio. La salida del toril sería, con esto, el recurso «cultural» —la humana escaramuza mimética— por medio de la cual la ceremonia taurina prepara la escena por venir de la inevitabilidad metafísica de la muerte, haciéndose espejo de la pulsión surgiente que siempre nos sorprende, cada vez que tenemos el inédito privilegio de ser los testigos de la naturaleza que, sin cesar, nos sobrepasa.
Ante lo cual, sin duda, como diría Bergamín, «no somos nada».
LUIS PÉREZ-ORAMAS es escritor y curator de arte
