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Rafael de Paula con el Espíritu Santo

Fue famoso por enlazar en una misma tarde instantes sublimes y espantadas, por los caprichos de su duende gitano y también por la endeblez de unas rodillas que le fueron fallando cada vez más. De la treintena de actuaciones en las que tuve ocasión de verlo, sólo puedo recoger tres o cuatro faenas rotundas —de una magia inconfundible, por cierto—, pero también capté muchos momentos —o incluso detalles— de tal intensidad que, comparándolos con estos, un sinfín de triunfos de otros diestros se han esfumado de mi memoria.

Recuerdo el empaque escultural de su cuerpo cuando se estiraba en el pase, la modulación casi infinita que daba a las suertes gracias al juego de sus muñecas, sus pies clavados en la arena, sobre los que asentaba el delicadísimo vuelo de sus brazos, por las alturas y más aún por los bajos. Todo era un suntuoso y frágil oxímoron en el toreo de Rafael de Paula.

Todavía guardo en el corazón y en la retina sus imborrables quites en Las Ventas; el de su confirmación en 1974, y el de 1979: la primera verónica, corta y ligeramente atropellada, es como un esbozo, el vestíbulo. Pero en las siguientes el capote recobra toda su majestad y se ilumina con una suavidad desgarradora, densa y aérea a la vez. Captado por el mismo letargo que el torero, el toro procura no enturbiar la ola de la tela que se despliega y aspira sus pitones. Con los brazos caídos y el mentón inclinado sobre su pecho, Paula parece mirarlo desde lo alto de un balcón, sin querer entorpecer su embestida sonámbula. Estos segundos de eternidad regalada bastaron para difundir y convertir en realidad toda la fragancia encerrada en las verónicas gitanas de Gerardo Diego:

ese barrido desmayo,

esa playa de desgana

ese gozo, esa tristeza,

esa rítmica pereza…

¡Campana del Sur, campana!

La voltereta y herida del torero en medio de su quite del 79, igualmente desmayado, fueron otro toque de campana, dramático en este caso. Se supone que el toro había despertado de repente mientras Rafael seguía soñando, y nosotros con él.

Y también me acuerdo de aquella corrida concurso de Jerez, en 1972, en la que el maestro logró el indulto del toro de Guardiola Domínguez. Rafael de Paula logra arquear su muleta —y no solamente su cuerpo— para someter al toro a su dominio inexorable. Poco a poco la curva impuesta reduce el trayecto del astado. El trazo deja de ser amplio para hacerse profundo. El toro pasa cada vez más en redondo y cada vez más cerca del cuerpo estirado del torero, que parece, en ese instante, ausentarse y al mismo tiempo atraer al animal hasta el fondo de un barranco, quedándose él en la orilla. Cuando el toro de Guardiola Domínguez, agotado por la tensión de este pas de deux prolongado, no embiste más que con la cabeza, Rafael, ahora de frente, recoge suavemente en su tela lo que queda de estas soberbias acometidas. Los oles, sonoros y largos al principio, breves luego, terminan siendo espasmos cuando se atragantan las voces.

El maestro renegaba de las retransmisiones de las corridas por televisión y de los vídeos, afirmando que ahí el Espíritu Santo del toreo deja de hacerse presente. Pero, para nosotros que hemos tenido la suerte de ver soplar un día el Espíritu Santo de Rafael de Paula, siempre nos quedará prendida esa llama.

FRANÇOIS ZUMBIEHL es escritor y antropólogo