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Laberinto

Sasha Gusov

METÁFORA DE LA VIDA, escribir es torear. El artista no sabe qué saldrá por el burladero diario de la página en blanco y desde el burladero desea la posibilidad de un poema que —en los primeros lances como versos— se decante tal vez por pura prosa. Ese primer tercio es como el primer encuentro entre dos personas que quizá desconocen vivir el milagro de la amistad a primera vista, y será en la prueba de bravura —el tercio de varas— donde el escritor mida la embestida de su ensayo o del cuento e, incluso, la posibilidad de que en el adorno de los quites descubra que se trata de una novela o de una crónica efímera. Deja entonces que los alternantes participen en el tercio de esos quites para ver en la distancia la calidad del toro, ya como tema u obsesión; buscando alegrarlo con banderillas como adornos en diminutivo, asumirá los primeros pases del tercio final no sólo como antesala para al párrafo final y su silencio, sino para intentar una vez más la sinfonía circular de ese trinomio citar, templar y mandar que nos quiebra la cintura y envuelve al instante en un grito desde las diferentes alturas que ocupan quienes nos rodean expectantes.

Puede que también, leer sea torear. A la espera de párrafos con las yemas de los dedos al filo de las tablas, las manos, que han de pasar páginas como quien lleva el percal extendido para los primeros lances, en pos de congelar una imagen y la mirada que se llena de vida en los colores de una trama horizontal, negra embestida de letras, mientras la lectura procura mantenerse incólume y callada; vertical al hilo de la encuadernación y el silencio se puebla de los elementos que sólo un aficionado transpira en su pasión constante: las huellas que deja en la arena la secreta coreografía de una faena de aliño, los rayones de los cuernos en los burladeros, el aroma de laurel o la rama de romero en el lento andar de un torero, que en realidad cree levitar entre nubes o los alamares de los ternos cuyos colores llevan nombres diferentes a los que se usan para designarlos en otros mundos. El aficionado lee y escribe con la vista la crónica personal de cada tarde de toros, la cronología personal de una biografía que es microhistoria memorizada como capítulo íntimo de una Historia con mayúsculas que viene de Creta y del Minotauro, el laberinto que se extiende como círculos concéntricos sobre el albero amarillo donde todos somos ya testigos presenciales de los hechos que se narran en sepia con la misma intensidad que el pase natural que ayer mismo cuajó un joven anónimo en una novillada quién sabe dónde. Vemos lo que leemos y vivimos en el coro donde un quite logra poner de acuerdo a veinte mil voces en grito, y en el detalle quizá desapercibido donde la geometría de los tercios sigue trazando el misterio de una rara conjugación: el animal embiste, que no es lo mismo que arrear, y el torero intenta torear, que no es lo mismo que agitar el engaño como evasión. El torero alivia la embestida procurando una composición personal de una valentía en expresión estética, y el toro bravo —cuya sangre hierve y lo incita a crecerse ante castigos y acometer sin piedad al bulto— de pronto revela una nobleza animal en la humillación de su tronco, en meter la cabeza abajo y planear con sus astas tras la muleta como quien ha sincronizado también su absorta mirada primitiva ante un embrujo circular que sólo puede conducir y definirse entre la vida y la muerte.

Bien visto, vivir es torear y un grupo de apasionados aficionados nos hemos propuesto partir plaza en medio de tanta discusión y diatriba para hablar de toros, compartir la faena que cada quien lleva congelada en la memoria y abonar con argumentos el placer de una explosión artística, un instante que se torna trágico y épico o incluso la casi inaudible partitura patética del tiempo que se escapa entre los dedos como arena de un albero. Allá el detalle imperecedero de un banderillero que propone enfrentarse a la carrera del toro con un cuartero contrario a las manecillas del tiempo. Y aquí el recuerdo intacto de un pase de pecho que —empezando tras la cadera— rompe hacia las nubes por el hombro contrario del torero —habiendo trazado una perfecta media luna— en esa esfera invisible, ese círculo insinuado donde un animal de 500 kilos ha pasado ralentizado a pocos milímetros de una estatua humana y más allá; la gracia de un picador que torea desde el caballo la arrancada de largo de un burel que lo ha fijado en la mira como fantasma de armadura antigua; el oro que lleva en el pecho el picador por ser caballero en plaza; y la plata en filigrana de los banderilleros anónimos y las orillas de un capote ligeramente onduladas por la belleza de un lance en cámara lenta.

Se abren entonces estas páginas como capa bajo un sol radiante que parte entre la imaginación y la memoria de todas las expresiones que alientan nuestra pasión… Porque hablamos en el tendido y a veces en silencio, durante instantes memorables; y salimos de las plazas toreando al vacío e invocando glorias inalteradas de un pasado intacto; porque cada quien mira torear desde el lugar que ocupa en el tendido; y quizá porque con las corridas de toros ocurre lo que dijo un sabio sobre la música de Mozart: lo único que supera el placer de escucharla es evocarla en conversación.

NÚMERO UNO. FERIAS. MAYO – AGOSTO, 2017.