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Los triunfadores

La mayoría de los nombres que aparecen a la cabeza de este escalafón responden a lo que comúnmente se denomina como «clásico». Entre los diez primeros, representantes de lo que entendemos como clasicismo en tauromaquia están considerados Antonio Ordóñez, Paco Camino, Antonio Bienvenida y Antoñete.  Suele repetirse este concepto al hablar de los grandes maestros Pero, ¿a qué llamamos «clásico»? Un pensador contemporáneo muy alejado de cualquier tipo de especulación sobre asuntos taurómacos nos puede servir a la hora de entender de qué estamos hablando: «Lo clásico —escribe Gadamer—  es lo que se ha destacado a diferencia de los tiempos cambiantes y sus efímeros gustos; es asequible de un modo inmediato […] Es una conciencia de lo permanente, de lo imperecedero, de un significado independiente de toda circunstancia temporal, la que nos induce a llamar “clásico” a algo; una especie de presencia intemporal que significa simultaneidad con cualquier presente». La tauromaquia de estos cuatro diestros presenta todas las características señaladas aquí por el filósofo alemán. Por eso decimos que su toreo ya es eterno, porque su arte es independiente de cualquier circunstancia temporal, porque ha pasado a formar parte de la mitología taurina.

Junto a ellos, entre los diez primeros, los grandes heterodoxos que marcaron los derroteros en el siglo xx y comienzos del xxi: Belmonte, Manolete y José Tomás. Dos representantes genuinos de lo que se ha dado en llamar «toreros de arte»: Curro Romero y Pepe Luis Vázquez (padre). No sorprende este fino paladar para degustar el toreo de formas exquisitas, dada la cualificación de todos y cada uno de los encuestados como aficionados de acreditada solera.

Y Joselito el Gallo… (parafraseando a Manuel Machado y su Sevilla). El número uno de este escalafón ideal —quizás sería mejor decir «idealizado», pero, para el caso es lo mismo—, cifra, cuño, marca, molde y matriz de lo que fue, es y será el torero tipo, el ideal de la torería. Aquel que aunó (caso seguramente único en toda la historia del toreo) valor, inteligencia, poder, arte, sabiduría, juventud y gracia ante la cara de todo tipo de toros. Aunque el número de votos ha sido muy similar entre los dos fenómenos que protagonizaron la edad de oro, la encuesta promovida por Minotauro se ha decantado en esta ocasión del lado gallista.

Más cerca de nosotros cronológicamente hablando, si consideramos a José Tomás como un torero en activo (por el momento nadie puede asegurar lo contrario), el de Galapagar sería el único entre esta decena de mitos de la torería andante al que todavía podremos ver delante de la cara de un toro. Aparte de Tomás, solo dos continúan vivos entre este selecto grupo: los dos maestros sevillanos de Camas. ¿Qué tendrá el agua de este pueblo?

José Álvarez Juncal (matador de toros), ese extraordinario personaje creado por Jaime de Armiñán y al que dio vida de forma magistral Paco Rabal, decía: «Los de bragueta, a cobrar; los de arte, a acompañar». Pocos toreros de arte (por no decir ninguno) han mandado en el toreo, sin embargo, es necesario insistir en el hecho de que para torear con arte hay que tener el mismo valor, si no más, que los denominados gladiadores. Esto lo saben de sobra los aficionados cabales, pero hay que hacer hincapié en ello; nunca se sabe quién puede llegar a leer estas líneas.

A destacar que entre los cincuenta primeros solo aparecen seis toreros en activo. Ya que ha salido esta cifra tan redonda, ¿por qué no aprovechar para montar un cartel con estos seis diestros para matar una de Salvador Domecq o Victoriano del Río, por ejemplo? Es sólo una idea, pero no me dirán que no estaría bien este cartel para reanudar la actividad en la Maestranza o en las Ventas de cara a la nueva temporada: por orden de antigüedad, Enrique Ponce, José Tomás, Morante, El Juli, Urdiales y Talavante. En fin, soñar es gratis.

En cualquier caso, el resultado publicado no satisfará a todo el mundo y, algo más importante, quedará desfasado de inmediato, como se puede deducir fácilmente de un hecho muy a tener en cuenta: el mandamás del torero actualmente, Roca Rey, ha quedado fuera de los cincuenta primeros, concretamente en el puesto 51. Y de los matadores en activo, después del peruano, y hasta el puesto cien, han quedado salteados (por orden de votación) Antonio Ferrera, Juan Mora, Manzanares (hijo), Perera, Paco Ureña y El Fandi. Quedan fuera de los cien primeros de este escalafón ideal, al menos por el momento, las dos grandes esperanzas de la afición, en cuanto a los toreros de arte se refiere: Pablo Aguado y Juan Ortega. Seguro que si volviéramos a hacer esta misma encuesta dentro de cuatro o cinco años las cosas cambiarían. Estos dos toreros sevillanos, junto al peruano Roca Rey, están llamados a ser los toreros más demandados por la afición en las próximas temporadas. También puede sorprender a algunos que entre los cien primeros no hayan aparecido algunos otros toreros en activo que gozan del predicamento de muchos partidarios, como son los casos de Curro Díaz o Finito de Córdoba.

Resulta curioso constatar cómo unos diestros van quedando decantados en el imaginario colectivo de la afición taurina mientras otros, habiendo alcanzado a ser figuras en sus respectivas épocas, no soportan bien el paso del tiempo. La memoria de la afición es caprichosa y selectiva. Por otra parte, algunos toreros que estuvieron muy lejos de llegar a ser considerados como figuras, sin embargo, son recordados por la calidad de su toreo, por el excepcional concepto artístico de la lidia que desplegaron en los ruedos. Entre los cincuenta primeros (además de los ya mencionados Curro y Pepe Luis) aparecen Chicuelo, Paula, Pepín Martín Vázquez, El Gallo, Manolo Vázquez, Curro Puya, Curro Vázquez, Silverio, Cagancho… O lo que es lo mismo, el toreo entendido como arte. Por supuesto, tampoco faltan los mandones, aquellos que en su día se encumbraron como primeras figuras y que fueron capaces de imponerse en sus mejores años sobre empresarios, críticos, ganaderos y rivales: Luis Miguel Dominguín, El Cordobés, Ponce, El Juli.

En cuanto a los heterodoxos que marcaron época y el devenir posterior del arte de torear, están todos los que son: Belmonte, Manolete, El Cordobés, Paco Ojeda y José Tomás. Más allá de filias y fobias, es indiscutible que estos cinco matadores, con sus diferentes personalidades y estilos, han marcado el devenir de la tauromaquia en el último siglo gracias a sus importantes aportaciones tanto técnicas como estéticas. A destacar el alto puesto alcanzado en la encuesta (el número 17) por un torero como Paco Ojeda, que con apenas cuatro o cinco temporadas impactantes a comienzos de los años ochenta logró marcar a toda una generación de matadores que vino detrás de él.

Por otro lado, también resulta interesante constatar una vez más lo que podríamos considerar como un cierto determinismo geográfico cuando de toreros y del arte de torear se trata. Sin entrar ahora a valorar el tópico aquel que dice «de Despeñaperros p’abajo se torea y desde Despeñaperros p’arriba se trabaja», es indiscutible la abrumadora mayoría de toreros andaluces, algo que no supone ninguna sorpresa, pero que no está demás resaltar al hilo de la encuesta: de los cincuenta primeros, 27 toreros andaluces, en concreto 18 de Sevilla y provincia; siete de Madrid y provincia; cuatro mexicanos; cuatr de las dos Castillas; tres de la Comunidad Valenciana; un extremeño; un riojano; un cartagenero; un colombiano y un venezolano.

César Rincón y César Girón, junto con los cuatro puntales del toreo mexicano, completan otro sexteto de lujo al otro lado del «charco». Gaona, la lidia total de un torero exquisito, Armillita, torero inteligente y poderoso como pocos, Arruza, el arrollador y Silverio, el artista por excelencia, compendian a la perfección el toreo azteca en su máxima expresión. Sorprende, no obstante, que entre los cincuenta primeros no aparezca Manolo Martínez, un torero excepcional que, a pesar de su extraordinaria calidad y de mandar en el escalafón mexicano durante muchos años, no fue bien tratado por las empresas y la afición españolas en las escasas incursiones que tuvo ocasión de hacer en nuestro país. Es un hecho innegable: ya desde Gaona, por regla general, los diestros mexicanos no han sido bien tratados en nuestro país. Este viaje de ida y vuelta siempre fue mucho más beneficioso para nuestros grandes matadores, que siempre gozaron en México de gran cartel; ídolos allá fueron y son Manolete, Camino, El Capea, Ponce, José Miguel Arroyo Joselito, El Juli, Morante… Y no hay que olvidar que José Tomás se hizo torero en aquellas tierras.

En cuanto a la ausencia de toreros importantes, llama la atención que entre los cincuenta primeros (aparte del ya mencionado Manolo Martínez) no aparezcan nombres como los de Pepe Bienvenida, El Cid, Palomo Linares (nos guste o no, el último matador que cortó un rabo en Madrid), Félix Rodríguez, un artista extraordinario, caso similar al de Victoriano de la Serna o David Silveti, que tampoco aparecen en la encuesta. Asimismo, es sintomático en cuanto a los gustos de la afición el olvido por parte de los encuestados de algunos matadores que en su día gozaron de gran predicamento entre numerosos partidarios; toreros que no han aparecido son, por ejemplo, Pedrés, Pablo Lozano, Rovira, Pepe Cáceres, Joaquín Bernadó o, más reciente en el tiempo, Manuel Caballero.

En cualquier caso, todo intento de hacer un ranking con los mejores toreros del siglo está, de antemano, condenado al fracaso. Casi nadie (por no decir nadie) estará de acuerdo con el resultado final; pero, aún así, no deja de ser una buena excusa para seguir hablando de toros en tiempos de incertidumbre ante un futuro más bien incierto.

 

 

Antonio J. Pradel es director de Minotauro

QUINTO AÑO. NÚMERO DOCE. INVIERNO. ENERO – ABRIL. 2021