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Obviamente, Joselito no pudo ser el torero mas grande de la historia

¿Cómo podemos declarar a Joselito el Gallo el mayor torero de la historia cuando nadie le ha visto torear? Aquí no vamos a intentar discutir las aportaciones de Joselito al toreo, tal y como expuso brillantemente Antonio J. Pradel en Matador W (La Fabrica, Madrid, 2020). Pero sí podemos cuestionar si podemos establecer recuerdos de manera tan absoluta, de modo que, aún hoy, consideremos que aquel cuyo recuerdo de infancia sea más torero que el que hemos visto triunfar recientemente. Las relaciones entre la belleza artística, las emociones y la memoria son demasiado complejas para impedir las clasificaciones.

Primer escollo: ¿cómo objetivar el valor de un torero? Ya que el toreo es una práctica artística, cuestionemos el efecto que el arte tiene sobre nosotros. En los estudios de neuroestética, cuando los individuos son expuestos a obras de arte visuales durante una resonancia magnética del cerebro, se revela cómo se activan regiones cerebrales asociadas con la recompensa y la motivación. Por ejemplo, la observación de las obras de pintores famosos activa el sistema de recompensas con más fuerza que la contemplación de fotografías de sujetos similares a los cuadros. Si nos interesamos por los sentimientos asociados a la belleza, el arte induce una sensación de bienestar similar a cuando miramos a alguien que amamos. Tal vez tengamos una forma de medir objetivamente el valor histórico de un torero: la intensidad del sentimiento de amor que genera en una multitud de aficionados. Abandonemos esta turbia cuantificación que consiste en contar los toros muertos, las orejas cortadas o las entradas vendidas por los toreros «taquilleros», perdidos entre un festival de bragas y corridas arregladas, motivadas por el intento de construir una leyenda frente a una secta de incondicionales en plazas secundarias. Como el arte estimula la empatía, no podemos evitar compartir momentos de triunfo con los demás. Procesando el número de abrazos, llamadas y tweets enviados después de una corrida de toros, la inteligencia artificial podría ayudarnos a detectar objetivamente los grandes momentos de la corrida.

La segunda dificultad para la clasificación histórica viene de la fiabilidad de los recuerdos, siempre dudosa. La información que sirve para formar la memoria llega al cerebro a través de nuestro sistema perceptivo: visión, oído, olfato, etc. En el cerebro, esta información se almacenará en las neuronas y en las conexiones neuronales. Además, sólo almacenamos en la memoria la información sensorial a la que hemos prestado atención. Por tanto, la memoria es una reconstrucción de la realidad y no una copia de lo que se percibió. Después, la evocación de un recuerdo pone en marcha un proceso de consolidación y, cada vez que recordamos un evento, lo alteramos un poco. Lo que hay que entender es que cuando formamos la memoria de un acontecimiento no se fija inmediatamente; se transforma con cada nueva evocación, perdiendo su fuerza evocadora, hasta que se convierte en una especie de conocimiento en nuestra historia personal; cada nuevo contexto en el que reaparece la memoria aplasta al anterior, haciendo que pierda gradualmente su fuerza evocadora.

Por otra parte, la memoria distorsiona gradualmente los recuerdos, especialmente según las emociones asociadas. Seguidor de Proust, un sanferminero, con el sabor de un Rioja o la Chica yeyé recordará la extraordinaria faena de Emilio Muñoz a un toro del mmarqués de Domecq en Pamplona, en 1994 —«Unos muletazos de Emilio Muñoz», crónica de Joaquín Vidal. El País, 14/07/1994—, porque se reactivan todas las huellas mnémicas de sus experiencias pasadas similares, un conjunto de huellas perceptivas y emocionales. A veces la memoria está tan cargada de emociones que la codificación se distorsiona, es decir, se centra totalmente en el elemento emocional en detrimento de cualquier otro elemento contextual. De forma que dentro de un recuerdo es imposible diferenciar claramente entre la imaginación y la realidad. Nuestros recuerdos son un puzle. Son reconstrucciones, y la imaginación llena los espacios en blanco de los elementos no retenidos, dando así coherencia a la narración de la memoria. Esto explica que, si discutimos un recuerdo común con un amigo, cuanto más intentamos describirlo con detalle, menos de acuerdo estaremos, pero cuanto más coherente sea esta historia dentro de nosotros, más la creeremos. Los recuerdos no son la suma de lo que una persona ha hecho, sino más bien la suma de lo que ha pensado, lo que se le ha dicho y lo que cree; un fenómeno que a menudo ha sido explotado para implantar falsos recuerdos. Así, pase lo que pase, algunos serán curristas hasta la muerte, mientras que otros habrán visto todas las corridas de Miura lidiadas por Ruiz Miguel. Los coleccionistas hablan de ellos mismos a través de su colección.

El recuerdo es por definición una reconstrucción de lo que ya no es. La relación entre la presencia y la ausencia, la memoria y la nostalgia están en el centro de la obra de Christian Boltanski, que tuvo una magnífica exposición en la galería Albarrán Bourdais, a un tiro de piedra del Club Matador. Sus obras destilan un fuerte poder emocional e invitan a meditar sobre estas cuestiones existenciales; todo esto se puede ver en la obra titulada Monument (1986), donde la anécdota se enfrenta a la historia. Reminiscencia de algún tipo de montaje religioso, retratos fotográficos en blanco y negro, en su mayoría de niños, se colocan en la parte superior de las pirámides de cajas metálicas oxidadas, bajo la luz de pequeñas bombillas con cables visibles. Los rostros de estos niños en la fotografía desaparecen eventualmente, al menos de nuestra memoria, y marcan más una ausencia que un recuerdo. A través de su trabajo sobre la memoria, Boltanski muestra la mistificación necesariamente contenida en cualquier reconstrucción supuestamente exacta y verdadera de un pasado perdido sin remedio. Cuestionando lo verdadero y lo falso, insiste en que nuestra forma de aprehender la realidad depende de nuestras expectativas, de modo que el significado que atribuimos tanto a nuestras experiencias actuales como a nuestros recuerdos pasados es modulado por nuestras expectativas. Por lo tanto, es imposible distinguir lo que proviene de la huella de la memoria real o de las capacidades de nuestra mente, que reinterpreta y reconstruye constantemente nuestra memoria autobiográfica.

La tercera dificultad para clasificar históricamente, es decir, a posteriori, proviene de la persistencia de recuerdos de estos grandes momentos artísticos que permitirían juzgar en un momento dado la superioridad de un torero sobre otro. Con el tiempo, nuestros recuerdos lejanos se vuelven más vagos y agradables. No sabemos cuántas veces hemos estado en la plaza y en qué ocasiones hemos experimentado un aburrimiento mortal, pero guardamos el recuerdo de la absoluta belleza de los pases de Rafael de Paula bajo un hermoso sol de verano… Esto se denomina «sesgo de positividad», una tendencia de nuestro cerebro a embellecer el pasado, a preservar los recuerdos felices y a oscurecer los aspectos más negativos de nuestra historia personal. Este mecanismo nos ayuda a construir una imagen positiva de nosotros mismos y de nuestras vidas, sin la cual nos resultaría difícil avanzar y proyectarnos con entusiasmo en el futuro. Pero esta tendencia también puede ampliar la brecha entre un pasado magnífico y una realidad presente menos maleable. En efecto, contrariamente a nuestros recuerdos, los acontecimientos actuales o recientes se nos imponen de manera cruda e indiferente a nuestra felicidad. Una de las funciones de la memoria es ayudarnos a sobrellevar mejor los inconvenientes del presente. Las personas mayores son más propensas a recordar recuerdos agradables que las personas más jóvenes. Por supuesto, las cosas son muy diferentes cuando se trata de un trauma o una depresión. Sin embargo, la idealización del pasado parece ser una fuerte tendencia en la memoria humana, y, paradójicamente, podría ayudarnos a enfrentar el presente.

Finalmente, la memoria es una obra de ficción, «la reconstrucción de una reconstrucción, que cambia constantemente. Para cada recuerdo, hay una posibilidad de distorsión», dice el premio Nobel Erik Kandel. No tenemos la capacidad de distinguir de forma absoluta lo que es «real» o reconstruido, y eso complica seriamente toda posibilidad de trasformar la historia del toreo en valoración. Sin embargo, nuestros recuerdos son útiles. Ya en 1798, Immanuel Kant escribió: «Recordar el pasado sólo ocurre con la intención de hacer posible la previsión del futuro». Así pues, la memoria sería un proceso constructivo cuya función es generar la información necesaria para simular o crear acontecimientos futuros. Por eso debemos admitir que el más grande torero de todos los tiempos va a torear mañana…

 

 

Philippe Courtet es psiquiatra

QUINTO AÑO. NÚMERO DOCE. INVIERNO. ENERO – ABRIL. 2021