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Un último CAPOTAZO

Madrid, plaza de Toros de Las Ventas, febrero de 1998. En el cartel, Antonio Chenel una vez más, en este caso con motivo del festival homenaje que se le tributa a María de las Mercedes, condesa de Barcelona, «la primera aficionada de España». Al lado del maestro figura una representación del pasado, presente y futuro de la Fiesta; los veteranos Niño de la Capea y Roberto Domínguez torean al lado de Enrique Ponce, José Tomás y el novillero Miguel Abellán. De abrir plaza se encargan los rejoneadores Luis y Antonio Domecq.

Antoñete, apunto de cumplir los sesenta y cuatro años, brinda su faena al cielo, en memoria de su hermana recientemente fallecida. Está bien el maestro y logramos ver destellos —¿ serán acaso los últimos?— de su impagable clase. A finales de los noventa, cada vez que torea Antoñete puede ser la última; las cada vez más escasas facultades físicas le impiden enfrentarse a los novillos con un mínimo de garantías. Nada más terminar de pasaportar a su novillo, nostalgia y ejercicios de memoria entre los aficionados. Sin embargo, aún nos queda por ver un detalle milagroso.

Durante la lidia del último novillo de la tarde, en el tercio de banderillas, al maestro le corresponde colocarse en el medio del ruedo para estar atento a un posible quite. Antoñete, andando lento y ensimismado, se coloca en los medios esperando el trámite de las banderillas en el novillo de Abellán para volver al callejón lo antes posible.

El novillo de Zalduendo, bravucón, encelado en el burladero de matadores, se ha quedado crudo; lo han picado poco y tiene muchos pies. La lidia que se le ha dado ha sido desastrosa; se puede decir que todavía no lo han parado. Es entonces cuando un subalterno de Abellán intenta colocar en suerte al novillo para el correspondiente par de banderillas. Lo llaman y el animal, sin hacer caso del capote que se le ofrece, desde el mismo burladero que había estado corneado con celo repetidamente se da la vuelta. En ese momento el novillo se queda fijo en la figura quieta del maestro Antoñete en el centro del ruedo.

El público, atento a lo que sucede en la arena, percibe inmediatamente que el de Zalduendo ha enfilado a Antoñete; surge entonces un runrún de expectación y preocupación a partes iguales. Todo el mundo allí congregado sabe que las precarias condiciones físicas del maestro le impiden salir corriendo. El novillo, sin hacer caso de los capotes que lo llaman por ambos pitones, comienza su carrera al galope hacia Antoñete.

Es evidente que el burel se va derecho a por el maestro y lo hace sin que nada ni nadie vaya a poder evitarlo. El runrún de la plaza se ha transformado en un grito ahogado que anuncia cierto pánico. La frágil, quieta y desvalida figura del maestro no va a poder evitar el encontronazo contra el brioso animal, que se le aproxima peligrosamente a la carrera. Sorprende, sin embargo, que el torero, aparentemente al menos, no se ha puesto nervioso y mantiene en todo momento una especie de temple interior.

Cuando el novillo entra, por fin, en jurisdicción del torero, Antoñete despliega majestuosamente el capote, sobrio, lento, con inmensa torería; el novillo viene con muchos pies (la larga distancia entre las tablas y el centro del platillo le ha dado la posibilidad de coger mucha velocidad). El choque parece inevitable. Sin embargo, en el último momento Antoñete adelanta el capote a la cara del novillo y, milagrosamente, se lo trae toreado desde muy lejos para dibujar un majestuoso capotazo por el pitón derecho con la pierna de salida flexionada, dejando al toro parado y como hipnotizado.

De pronto, como por arte de magia, el orden se ha impuesto en el ruedo con un solo capotazo. Un hombre dispuesto a quedarse en el sitio ha sido capaz de parar al novillo que, por primera vez en el transcurso de toda la lidia, se ha visto sometido por bajo. Justo lo que le hacía falta. El «¡ole!» surge en ese instante como un trueno: seco, súbito, maravilloso. Antoñete, ante la atónita mirada de los que allí estamos congregados, sale andando de la cara del novillo con asombrosa torería, arrastrando el capote a una mano, sin mirar atrás, dictando así su penúltima lección de tauromaquia.

El Tato, aficionado impenitente y desclasado