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La saltillera

En el incierto origen de ciertos quites o suertes de capa queda para debate si son talaveranas o saltilleras las flores que ejecuta un torero al citar de frente al toro, habiéndose echado el capote a la espalda. Para tal caso, podría entenderse como manoletina con capa o bien giraldillas, pues aquí también hay discusión; lo cierto es que se trata de una suerte popularizada por don Fermín Espinosa, Armillita Chico, nacido en Saltillo, Coahuila. Convengamos para honrarlo en que sean saltilleras y acabemos la descripción con precisar que una vez que pasa el burel por debajo de los vuelos del capote, el matador gira en sentido contrario al viaje del bicho (dándole momentáneamente la espalda) para quedar nuevamente de frente, provocar con cite una nueva reunión y —de preferencia— alternar los lados de realización.
Maestro de maestros, el Joselito mexicano don Fermín Espinosa deslumbró a los tendidos desde su presentación como becerrista y consta que es el diestro más joven en doctorarse en tauromaquia por haber tomado la alternativa a los dieciséis años de edad. De luenga familia taurina, aún caminan por este mundo los últimos testigos oculares de cómo paseó su majestad por los ruedos de España y México,
acompañado por sus hermanos Juan y Zenaido como cuadrilla perfecta, subrayándose siempre la guinda de que su hermano Juan renunció a su alternativa como matador
y decidió vestirse de plata por la inapelable condición del entonces pequeño Fermín como primerísima espada. Quedan no pocas fotografías y algunas filmaciones, párrafos largos en crónica y versos que merecen pasodoble que celebran la gloria de Fermín como muletero excepcional, poderoso con todo tipo de encastes y una habilidad peculiar con
el acero que le permitía tumbar a los toros con tan sólo
medias lagartijeras.
Párrafo aparte merece la coreografía de Armillita Chico con las banderillas —ya al cuarteo, de poder a poder, o bien, al quiebro— y la serena sonrisa de patriarca fundador de dinastía con sus hijos Manuel, Fermín, Miguel… Y en años recientes, su nieto Fermín. Pero cerremos con un silencio donde la figura sonriente de un monarca moreno se planta como estatua, al filo del tercio, y pretende aliviar de la suerte de varas a un monumento en movimiento al que se pasará por ambos costados de la chaquetilla en un giro de estética e instante donde el capote parece acariciar el lomo de una sombra como si no palpitaran en milésimas de pavor las afiladas astas que apuntan siempre al cielo.

Jorge F. Hernández es escritor