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La Real de Ronda

Aitor Lara

Aunque parezca juego, es en beneficio de la cosa pública

(TRADUCCIÓN DEL LEMA LATINO QUE FIGUR A EN EL PALCO REAL DE LA PLAZA DE TOROS DE RONDA)

EN LA ENTRADA AL RECINTO que ofrece la Real Maestranza para su visita hay un rótulo de letras blancas sobre fondo rojo que dice: “La Real Maestranza de Caballería de Ronda, corporación nobiliaria fundada en 1573, es hoy una asociación cultural sin ánimo de lucro declarada de Utilidad Pública que se financia principalmente a través de la visita al monumento. Los ingresos se destinan a la conservación y funcionamiento de la plaza de toros –declarada Bien de Interés Cultural–, colecciones museísticas, archivo histórico, biblioteca especializada y Escuela de Equitación. Además, la RMR concede becas y premios a jóvenes estudiantes y organiza actividades internacionales de carácter cultural y científico”. El Archivo y la Biblioteca no forman parte de la oferta turística, pero están abiertos a investigadores y consultas. Su Archivo, que consta de cinco fondos documentales con fechas que van de 1345 a la actualidad, es una de las referencias independientes más sobresalientes en investigación histórica de carácter local y nacional de especial interés para el estudio genealógico y heráldico. La Biblioteca, con más de 20.000 volúmenes y en continua expansión, recoge temas que le son afi nes: estudio de las élites, caballería, arte ecuestre, tauromaquia, historia de Ronda y su comarca. Su amplio calendario de actividades y catálogo de publicaciones se puede seguir en su página web (www.rmcr.org).

Al traspasar las taquillas, el visitante accede al suelo empedrado del patio de cuadrillas, sobre el que retumban los cascos de caballos y mulillas los días de corrida. Se pueden entonces seguir dos itinerarios. A la derecha se abre la puerta que accede a la monumental plaza, hito en piedra de la tauromaquia, y a sus salas de exposiciones; de frente, un espacio abierto que conduce a los corrales y al picadero de su Escuela de Equitación, la razón primigenia de su existencia. Maestranza tiene el significado de escuela, de maestrar, término ya en desuso. La de Ronda está indisolublemente ligada a la aventura de la caballería,“uno de los grandes fenómenos de la Historia” (J. Fleckenstein).

Desde dos galerías elevadas se puede contemplar el remozado picadero, y en ocasiones a los alumnos haciendo ejercicios sobre caballos españoles de pura raza. Aquí se enseña doma clásica. Se trata de uno de los centros de equitación más prestigiosos y exigentes de España, que imparte clases para futuros profesionales, así como cursos de ocio deportivo para jóvenes de Ronda. Para ser aceptado es necesario pasar una selección, antes de ocupar las restringidas plazas. Sus alumnos reciben las mejores calificaciones en los certámenes y concursos en los que participan, y destacan por su buena educación sobre un caballo. Un antiguo alumno que ahora imparte clases en Dinamarca fue quinto en los pasados Juegos Olímpicos.

Profesores y pupilos hacen honor a la escuela de equitación más antigua del país y la segunda de Europa, fundada dos años después de la Escuela Española de Viena. Hoy se trata de doma clásica, esa fi na disciplina de secretas complejidades cuyos preceptos ya fijara Jenofonte, pero cuando se creó la Maestranza su misión era la cría y doma de caballos y el adiestramiento de caballeros para la guerra.

Los fundamentos históricos de la RMR se nutren de dos capítulos. El primero hunde sus raíces en un fenómeno único en Europa y que llamaba la atención de los extranjeros en los reinos hispánicos medievales: un pueblo en pie de guerra y la existencia de una caballería de carácter popular, activa desde el siglo XIII. Guerreros a caballo, vecinos de villas y ciudades que por su renta debían mantener caballo y armas, y estaban obligados a acudir al servicio de la Corona cuando se les requiriese. La necesidad de caballería en los territorios fronterizos, y en especial los vecinos al reino de Granada, primó que en muchos aspectos se considerara más el valor que representaba el jinete en la vida militar que el de su condición social. Entre sus deberes estaban los alardes, revista que se hacía dos o tres veces al año para confirmar el buen estado de mantenimiento de monturas y armas, y el adiestramiento de los jinetes (entre los ejercicios se incluían los lances con toros, recomendados ya por Alfonso X como de utilidad militar). A cambio se les concedían privilegios especiales, de rango similar al que disfrutaba la caballería como estamento, en los repartimientos de tierras conquistadas y una opción de ascenso social.

Un detalle: en la sillería del coro de la catedral de Toledo, obra de Rodrigo Alemán a finales del siglo XV, se representan las escenas de la Guerra de Granada. En uno de los tableros figura la conquista de Ronda, que se rendiría en 1485. Fernando de Aragón aparece montado a la brida, con armadura y estribos largos, como era habitual en Europa y Castilla, caballería pesada de lanza tendida; detrás figura un caballero a la jineta, monta de procedencia arábigo-andaluza, con los estribos altos, más ligera, un mestizaje propio de la frontera que se había extendido a ambos lados de la marca. Esta modalidad tiene su trascendencia en la evolución del toreo caballeresco, y aún hoy perdura en el rejoneo y en la doma vaquera. Casi un siglo después, la Maestranza se dedicaría a la enseñanza de la monta a la jineta.

El segundo capítulo es la nobleza asentada en Ronda después de la Reconquista, que recogería la solicitud de Felipe II en 1572 de organizarse en cofradía o hermandad, que pretendía lo que ya habían hecho sus antecesores, reclutar gente de guerra de calidad que le saliera gratis para atender las amenazas que se cernían sobre el reino y devolverles así su protagonismo. La rebelión morisca de 1570, las bandas insurrectas que seguían actuando en el área de Ronda y Málaga y los ataques berberiscos a puertos de la costa renovaban la necesidad de caballeros “armados, encabalgados y prevenidos”. Se funda así la Cofradía del Espíritu Santo, primera denominación de la Maestranza hasta 1705, dedicada a la actividad militar y a la cría y doma de caballos, llegando a disponer de una prestigiosa yeguada de caballos españoles. Más adelante, con Felipe V se concederá que un miembro de la Familia Real ostente el cargo de Hermano Mayor de las maestranzas (después de Ronda se crearon las de Sevilla, Granada, Valencia y muy posteriormente la de Zaragoza). Desde Fernando VII será el propio monarca el titular, hasta nuestros días. Como cuerpo militar, dispone de uniformidad propia.

También se incluía la organización de fi estas públicas de Justas, Torneos, Juegos de Cañas y otros ejercicios militares. De estas demostraciones, cuyos antecedentes son los mencionados alardes medievales, se sucederá el concepto de espectáculo público que alcanzará su cenit en el toreo caballeresco del siglo XVII. En el último cuarto del siglo XVIII, cuando el toreo a pie ya era el protagonista principal de un negocio floreciente, el ilustrado Juan Pablo Forner (1756- 1797), fiscal del Crimen de la Real Audiencia de Sevilla, sostendría con razón que “las fiestas de toros son hijas de siglos militares”.

Se dice que el XVIII es el del descabalgamiento de la tauromaquia. Los reyes borbones de este siglo no van a ser aficionados a los toros, y la nobleza, por ende, se aleja de esas prácticas, ocupada además en los menesteres guerreros de un período convulso. Pero serán las maestranzas, con Ronda y Sevilla a la cabeza, al conseguir el real privilegio de poder correr toros para sufragar su mantenimiento y sus servicios a la Corona, las que impulsen el negocio del toreo a pie con la construcción de sus plazas de toros circulares, edificios específicos extramuros en los que va a evolucionar la tauromaquia moderna. Edificios de una magnitud desconocida en Europa desde el Imperio romano, sólo superada por los grandes estadios del siglo XX.

Visto en perspectiva, el empeño (¡desde 1754!) de los caballeros rondeños por financiar la construcción de un edificio de esta guisa (casi 6.000 localidades para una población de poco más de 10.000), en una localidad remota de la serranía, puede hacer dudar de sus facultades mentales. Algo así como levantar un palacio de la ópera en la selva, una versión de Fitzcarraldo. España era todavía un país de castillos, templos, palacios y conventos, pero casi no había carreteras, ni puentes ni posadas.

Durante la Ilustración, la RMR va a ser un motor de la expansión urbana de Ronda, con diferentes aportaciones aparte de su coso, operación auspiciada por la estrategia de Carlos III de hacer de la ciudad una plaza fuerte ante la amenaza de una invasión británica desde Gibraltar, como señala Martínez-Novillo. Así se explicaría que se pudiera levantar una plaza de toros en un período de grandes prohibiciones para celebrar corridas, aparte de un hecho incuestionable: el impacto social que había alcanzado la dinastía de los Romero, sobre todo Pedro y José, héroes del pueblo que habían paseado el nombre de Ronda por toda España, y el imparable crecimiento de la afi ción a los toros que no se podía ignorar. La plaza se inauguró en 1785 con el mejor cartel de la época: mano a mano entre Pedro Romero y el sevillano Pepe-Hillo (cartas de ambos se exponen en la sala dedicada a la tauromaquia).

Historia reciente y ya bien conocida es la aparición de la segunda gran dinastía taurina rondeña, encabezada por Cayetano Ordóñez y su hijo Antonio, creadores en 1954 de las corridas goyescas que se vienen celebrando desde entonces gracias a la labor continuada por su descendiente Francisco Rivera.

DIEGO CARRASCO es editor y escritor

NÚMERO DOS. OTOÑO. SEPTIEMBRE – DICIEMBRE. 2017