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Andares toreros

No sólo es eso de que las carreras, o las prisas, son para los ladrones y los malos toreros. Cuenta José Miguel Arroyo “Joselito” que cuando llegó a la escuela taurina le tuvieron tres días caminando alrededor de la plaza. No entendía nada y a punto estuvo de irse. Hasta que no le vieron caminar en torero, no le dejaron coger un capote.

El Domingo de Resurrección me llamó mucho la atención cómo caminaba Juan Ortega. Además de cómo toreó a la verónica y lo bueno que apuntó con la muleta, claro. Hasta su vuelta al ruedo tuvo sabor con esos pasitos cortos y las punteras tímidamente metidas hacia dentro. Me vinieron a la memoria esos toreros que tanto transmiten incluso haciendo el paseíllo; cuando los ves andar con cierta parsimonia, casi levitando; como si lo último que fueran a hacer fuera, precisamente, jugarse la vida.

Por eso me encanta esa expresión añeja de “cómo le anda fulano a los toros”. Porque lo que me llama realmente la atención son esos andares en la cara del animal. Esas entradas y salidas de las suertes. Tan bonitas o más que las propias tandas. Esa armonía que consiguen mantener con el conjunto de la faena los toreros que las cuidan. Ritmo en tiempos de montañas rusas. Hilo conductor necesario que convierte las faenas en mucho más que una sucesión de series. Marca la diferencia entre las buenas faenas y las excepcionales. O saca del anonimato esas otras que transcurren sin historia hasta que surgen estos chispazos cual tesoros para el aficionado. Porque hasta un macheteo puede ser maravilloso.

Esos inicios de faena ganando terreno, andándoles a los toros con la naturalidad de quien va a encenderse un pitillo y la clase del artista consciente de la importancia de los detalles para quien se viste de luces. Torería. Esos finales en movimiento impregnados de inspiración y gracia; vacuna necesaria ante la sobredosis de manoletinas.

Es algo que capta muy bien la fotografía. En las casas de comidas uno puede hacer un curso avanzado a base de repasar sus paredes plagadas de fotos en sepia de esos toreros clásicos, que a todos se nos vienen a la cabeza. Radiografía de un instante que tanto movimiento transmite. Y es que al verlas es imposible no soñar inconscientemente con el segundo anterior. Y con el siguiente. Ese cuerpo relajado del torero, ante la atenta mirada del toro bravo, que comunica toda la naturalidad del movimiento sin aspavientos ni imposturas.

Es por ello que, en tiempos dentro y fuera de los ruedos en los que abundan las carreras, los gestos a la galería, la sobreactuación y los altibajos sin ligazón; es un auténtico privilegio poder pagar una entrada para ver la torería y la gracia con la que andan a los toros toreros como Diego Urdiales o Morante de la Puebla.

Fernández-Kelly